29 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Muñecos de papel

Según cuenta El País de Cali, “una versión del monumento a Sebastián de Belalcázar, hecha tridimensionalmente con cartón, fue instalada este domingo en el pedestal de la estatua, para conmemorar los 485 años de Cali. El monumento de cartón fue puesto en una jornada cívica en la que participaron vecinos del sector, quienes llevaron flores y banderas de la ciudad”. Uno de esos vecinos, Francisco Becerra, explicó al diario: “Desde el día en que tumbaron la estatua pensamos que el ícono no podía quedarse así. Con la solidaridad de varios vecinos del sector y de otros barrios de Cali nos reunimos para donarla”.

La estatua de Sebastián de Belalcázar, cuya gracia es que ha sido reconocido como el “fundador de Santiago de Cali”, fue derribada el 28 de abril por indígenas misaks durante el paro nacional. Ya habían derribado otra estatua de Belalcázar en septiembre de 2020, ubicada en lo alto del Morro de Tulcán, un monte que es considerado lugar de memoria para los indígenas. Los misaks afirman, con toda razón, que no hay nada que celebrarle a un genocida culpable de la desaparición física y cultural de los pueblos indígenas. El Movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente defendió su acción ante El País de España: “Tumbamos a Sebastián de Belalcázar en memoria de nuestro cacique Petecuy, quien luchó contra la Corona española, para que hoy sus nietos y nietas sigamos luchando para cambiar este sistema de gobierno criminal que no respeta los derechos de la Madre Tierra”.

Las autoridades caleñas se están haciendo las sordas a este reclamo, les mandan el Esmad a los misaks y ya están tramitando con la aseguradora la reparación de la estatua. Leonardo Medina, subsecretario de Patrimonio de la Alcaldía, dijo a El País de Cali: “No es cierto que la Alcaldía vaya a pagar un solo peso por la restauración del monumento. Los costos los asume y los determina la Aseguradora Solidaria de Colombia”. Carlos Alfonso Salazar Sarmiento, director técnico de la Unidad Administrativa Especial de Gestión de Bienes y Servicios, le dijo al mismo periódico: “Tenemos calculado que es un costo aproximado de $500 millones, los cuales se destinarán para la restauración de la espada, la pierna y todo el tema del bronce de la escultura”. Es decir, la aseguradora puede poner $500 millones para reparar una estatua de un genocida, mientras el presupuesto para las reparaciones a los misaks es cero.

Bueno, a menos que se cuente como reparación hacerles unas cuantas estatuas a los indígenas “para que dejen de quejarse”. Salazar agregó: “Vamos a tener dos estatuas adicionales en la ciudad relacionadas con el tema raizal y el tema indígena. Estamos consultando con cada grupo poblacional para que coloquemos una cantidad determinada de estatuas y que efectivamente tengamos pluralidad a nivel de este tipo de elementos en la ciudad”. Y, sí, la verdad es que esas estatuas son necesarias, pero el gesto no significa nada mientras las de Belalcázar sigan en pie. Es como decirles a los caleños que van a poner una estatua de Miguel Ángel Rodríguez Orejuela en el Parque del Perro y que lo justifiquen con que no pasa nada pues hay otros monumentos en la ciudad que no ofenden a los caleños.

En Colombia somos felices con el discurso del mestizaje que nos enseñaron en el colegio: “Acá no hay razas porque todos somos mezcla con todos”. Esa mentira pela el cobre en situaciones como esta: hay que ser muy blanco para celebrar como un héroe a un genocida racista que llegó a estas tierras a robar y a imponer una supremacía blanca. ¿A quiénes les convino lo que hizo Belalcázar? A los mismos que hoy le llevan flores a un muñeco. Unos criollos blanco-mestizos que aún creen que apoyar los discursos imperialistas hará que el imperio les dé algo de poder. Es decir, le llevan flores porque representa su propio privilegio. Lo patético es que ese privilegio son apenas migajas, en comparación con el poder que tenían (y tienen) españoles y europeos blancos, pues los imperios cayeron nominalmente, pero siguen teniendo el poder. Pensándolo bien, no hay mejor alegoría que verlos adorando a un muñeco de papel.

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