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Luego de lo que se sintió como una gran derrota en la primera vuelta para la campaña del candidato Iván Cepeda, empezó a pasar algo extraordinario: la gente de a pie, la ciudadanía, se echó al hombro la estrategia de comunicaciones y empezó a crear contenidos didácticos, explicando las propuestas de campaña de forma segmentada y tomando elementos gestuales y gráficos de movimientos progresistas en el mundo. El momento decisivo, quizás, fue la llegada de las fans k-popers, un inmenso fandom online y offline que siempre se ha caracterizado por apoyar causas progresistas, y que le dieron al candidato ese gesto con el índice y el pulgar, que simula un corazoncito, y que hoy es la señal de la campaña, en franco contraste con el saludo militaroide que acompaña el “firme por la patria”. Llegaron también las swifties, les emo (con un ingenioso eslogan: “Queremos morir, pero no así”), músicos independientes como Edson Velandia y Adriana Lizcano —quienes ya han hecho dos canciones para la campaña—, influencers, comediantes, ambientalistas, ilustradoras, fotógrafas, creadoras de contenido. La cantidad de talento que puede verse en este giro de la campaña es verdaderamente inspiradora.
Sin ponerse de acuerdo, una narrativa común empezó a emerger de todas estas estrategias espontáneas: la defensa de la vida y de la comunidad, sostenidas por la esperanza. Estos mensajes de la ciudadanía son la forma más efectiva de hacerle frente a la campaña de De la Espriella, movida por la desinformación, el odio anacrónico a la izquierda y, por encima de todo, la avaricia y el lucro como valores capitalistas fundamentales (por eso les dicen “firmes por la plata”), que llevan a pensar que un páramo vale solo si se puede destruir con fracking. El Estado no tiene que garantizar el bienestar de la población ni condiciones dignas de vida: la promesa aspiracional de Abelardo es que los derechos están para quien pueda pagar por sus privilegios.
En su libro reciente, Antifascist Dad (“Padre antifascista”), el periodista Mathew Remski habla de cómo el amor es el mejor antídoto para enfrentar los neofascismos que están conquistando las mentes y los votos de las personas alrededor del mundo. “Hay un sentimiento rígido que llega cuando pensamos en cuánto dinero tenemos, o no tenemos y nos hace falta para vivir”, dice Remski. Un miedo calculador y frío que nos hace pensar que la mezquindad es la única forma de supervivencia. Para Remski, ese sentimiento “se disuelve cuando pensamos en lo opuesto: cuánto amamos a alguien, cuánto nos ama alguien, y cuánto podríamos llegar a hacer por esa persona que amamos, sin expectativas de retribución, sino simplemente por el placer de saber que pudiste ayudar a que esa persona fuera más feliz”.
El dinero no compra la felicidad. Desde los inicios del capitalismo nos lo vienen diciendo los artistas, los libros, poemas, y canciones, con las que nos lo recordamos, son inmensas e infinitas y aún se nos olvida. También basta abrir los ojos y ver a los capitalistas, neoliberales, neofascistas en la cima del mundo: nadie cree ni por un minuto que tipos como Trump, Musk o el mismo De la Espriella sean felices, ni siquiera satisfechos, y menos aún que su motivación sea generosa o desinteresada. En cambio, como dice Remski, el mundo está lleno de historias en donde “la gente común se ama tanto que resiste a la opresión, con un amor que arde tan brillante que hace a los tiranos invisibles”. Incluso hoy, y a pesar de todo, la esperanza sigue siendo incomodificable.
