La revista Cambio publicó una larga entrevista a la candidata presidencial Paloma Valencia y a su nuevo compañero de fórmula, Juan Daniel Oviedo. La entrevista es excelente porque muestra los descosidos de esta alianza. En un momento, Oviedo señala que es la primera vez que una dupla presidencial es tan honesta en una entrevista, y quizás tiene razón, porque se ven totalmente desarticulados. Esto no lo volveremos a ver: después de ese desastre, seguirán rígidos entrenamientos de comunicación para mandar esa candidez al traste.
Oviedo habla de proteger a la JEP y de justicia transicional, y señala que hay que darle recursos económicos suficientes al sistema para que sea efectivo. Cuando le preguntan a Valencia, dice “plata no hay” y añade que “ahí vamos viendo”. Valencia dice que sí hubo “ideología de género en el Proceso de Paz” y Oviedo afirma que eso no existe. Valencia pone en la mesa el tema de la familia y la protección de las infancias. Dice que no hay que contarles que la diversidad existe para que no tengan ideas. Oviedo está en contra de las mal llamadas terapias de conversión, que son en realidad prácticas de tortura contra las personas diversas. Oviedo quiere legalizar la marihuana; Valencia cree que “legalizar no acaba con el mercado ilegal”. Valencia dice que pueden hacer una lista infinita de cosas en las que no se van a entender, y parece probable porque coinciden en lo mínimo. Están en desacuerdo sobre el genocidio de Palestina y el derecho al aborto. El candidato a vicepresidente ni siquiera pudo defender su humanidad cuando Valencia dijo que piensa que no es apto para tener hijes por ser homosexual. ¿Cómo va a defender los derechos de las personas LGBTIQ+ cuando llegue al cargo?
La respuesta es evidente. No lo hará. Oviedo solo existe en esta fórmula para hacerle “centro-washing” al uribismo con los derechos de las diversidades. La estrategia ha funcionado parcialmente: analistas, tiktokers y medios han caído en el error de pintar a De la Espriella y a Cepeda como “los dos extremos”, un malabar que pretende poner a Paloma en el centro. Pero que Cepeda esté en el extremo izquierdo del espectro político colombiano no equivale a que sea la extrema izquierda del espectro político posible. La izquierda que está en el poder en Colombia es moderada, ha sido respetuosa de las instituciones, ha tenido fuertes contrapesos y está mil veces más cerca del centro (del espectro político posible) que Valencia, que ha propuesto un Apartheid en el Cauca (aclaró, en la entrevista de Cambio, que no piensa lo mismo hoy porque “no se puede” ya que en esa región “todo está [racialmente] revuelto”).
Valencia y Oviedo arrancan la entrevista llamando a su alianza un “arroz con mango”, para concluir que, cuando se pongan de acuerdo (no sin antes aclarar que la última palabra la tiene la presidenta), serán un “arroz atollado”. La receta se ve complicada en el papel y puede resultar difícil de digerir en la práctica. Son incompatibles, a menos que Oviedo esté dispuesto a desprenderse de las banderas que le han dado popularidad en su carrera política. Si esas luchas son negociables, es porque no son sus principios, pero también, si Oviedo fuera tan progresista como dice, no habría podido hacer parte de la consulta de derecha en primer lugar. Aun así, es posible que en el mediano plazo se arrepienta. Pudo usar este capital político de su alta votación en la consulta para lanzarse con fuerza a la Alcaldía de Bogotá (que ha sido llamada el segundo cargo más importante del país), pero lo cambió por dejarse tokenizar en el camino hacia un cargo sin dientes, como la vicepresidencia.