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27 Oct 2022 - 6:00 a. m.

Violencia vicaria

Hace poco se hizo viral en redes sociales un audio en el que una niña de 10 años pide, llorando, que no la obliguen a vivir con su padre, quien tiene dos denuncias penales, por violencia intrafamiliar y violencia sexual contra la niña. Estas denuncias incluyen un dictamen de Medicina Legal, donde la niña detalla los tocamientos inapropiados de su padre. Ambas denuncias terminaron archivadas por tecnicismos y por eso, para las autoridades competentes, el padre no ha agredido a su hija. A raíz de esta situación la madre de la niña empezó a negarse a que tuviera visitas de custodia con el padre. Esto, para la jueza 21 de familia, fue razón suficiente para quitarle la custodia a la madre y dársela al presunto agresor. El audio registra el protocolo de entrega de la niña al padre por parte del ICBF y deja en evidencia que los deseos de la niña son opuestos al dictamen de la jueza.

Esta injusticia tiene que ver con dos términos que aparecen con frecuencia en las batallas de custodia: síndrome de alienación parental y violencia vicaria. Uno es un invento machista y el otro es una realidad de la que no se habla lo suficiente. El síndrome de alienación parental o SAP fue acuñado en 1985 por Richard Gardner y consiste en un supuesto “lavado de cerebro” en el que uno de los progenitores luego del divorcio, usualmente la madre, pone a su hijo o hija en contra del padre. Este concepto se estrenó en el famoso juicio entre Mia Farrow y Woody Allen por la custodia de su hija. Dylan Farrow, quien en ese entonces tenía alrededor de seis años, le contó a su madre sobre los presuntos abusos de Allen y todo esto quedó registrado en videos que recientemente dio a conocer el documental Allen v. Farrow. Tras verlos es muy difícil creer que las acusaciones fueron una fabricación. Gardner hizo muchas afirmaciones que nunca han sido avaladas por la comunidad médica. Por ejemplo, en 1992 publicó el libro Acusaciones verdaderas y falsas de abuso infantil, en donde afirma que la pedofilia es “normal” en algunas sociedades y “necesaria para la supervivencia humana”. A pesar de haber sido rebatido mil veces, el SAP suele ser un argumento vendedor con jueces y juezas, y ha servido para negar el testimonio de muchos niños y niñas que han tratado de denunciar la violencia de sus progenitores.

Por otro lado, el término “violencia vicaria” fue acuñado en 2012 por la psicóloga argentina Sonia Vaccaro, para explicar la forma en que muchos agresores usan a sus hijos para controlar y agredir a su pareja, pero su conceptualización es de larga data. A comienzos de los 90, en Minnesota, se desarrolló el modelo Duluth para reducir la violencia doméstica, que incluye una herramienta para entender estos abusos llamada “Rueda de poder y control”, en la que se tipifican formas en que los agresores violentan a sus víctimas, y una de ellas es usar a los hijos para amenazar y controlar a la madre. En 2015, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) determinó que el Estado de España vulneró los derechos de Ángela González Carreño y su hija Andrea, de siete años, asesinada por su padre durante una de sus visitas de custodia. González había puesto más de 30 denuncias contra el agresor y aun así un juzgado permitió que tuviera las visitas de custodia sin vigilancia.

La justicia es, por supuesto, adultocéntrica. Por eso hay jueces o juezas que pueden llegar a creer que los niños son tan manipulables que acusarán de violencia y abuso sexual al padre con tal de agradar a la madre. Pero, si bien esto es una posibilidad teórica, en la realidad es bastante improbable. Los niños y las niñas saben quiénes los quieren y los cuidan, y tenemos que creerles cuando denuncian violencia o abuso sexual.

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