Marco Tulio Cicerón era un homo novus. La expresión, que en latín significa “hombre nuevo”, se refería a quien llegaba a la política romana sin pertenecer a una familia política con tradición consular. En una sociedad, como la mayoría, obsesionada con el linaje, ser un “aparecido” era una desventaja. Cicerón podía ser el más talentoso, pero no tenía lo que más tranquiliza a las élites: apellido suficiente.
En el Breviario de campaña electoral, una carta atribuida a su hermano menor, Quinto Tulio Cicerón, le da consejos para compensar la desventaja de su escaso linaje. El texto, además de un manual de campaña electoral, podría interpretarse como un tratado incómodo sobre la amistad política. No la amistad pura, íntima o desinteresada, sino esa otra forma de amistad que sostiene las campañas: la red de conocidos, aliados, deudores, recomendados, clientes, antiguos favores y futuras expectativas que hacen que alguien pueda llegar al poder.
Al comienzo del quinto capítulo, Quinto le dice a Marco que una candidatura política exige dos esfuerzos: ganarse la voluntad del pueblo y conseguir la adhesión de los amigos. De nuevo, el término “amigos” es sobre todo una categoría electoral. Amigos no son solo los íntimos, ni los que uno quiere, ni los que comparten convicciones: son los parientes, los vecinos, los clientes, los que visitan la casa, los que deben favores, los que esperan recibirlos, los que tienen prestigio, en otras palabras, el pegante de la voluntad popular.
La amistad es la infraestructura política. Quinto no le aconseja a su hermano que confíe en los amigos, sino que los trabaje: que les asigne tareas, que mida cuánto puede esperar de cada uno, que no confunda entusiasmo con utilidad y que haga sentir a todos que su apoyo será recordado. “Cuánto más íntimo es un amigo y, sobre todo, si vive en tu casa, cuesta mucho más esfuerzo conseguir que te aprecie y que desee que alcances el mayor prestigio posible”, escribe. La frase despoja a la amistad de cualquier fantasía sentimental, pero no por eso la vacía de moralidad: el amigo exige cuidado, reciprocidad, reconocimiento y paciencia.
Recordé este texto durante esta campaña electoral porque estas elecciones han estado marcadas por una obsesión particular con las purezas. No con la pureza social de la que carecía Cicerón, sino con una quizá más obsesiva, la pureza moral. Cada acercamiento vino acompañado de una sospecha: quién se vendió, quién se dejó usar, quién quedó untado, quién traicionó su “esencia”.
Los cepedistas pura cepa atacando a “los tecnócratas” que participaron en el inicio del gobierno Petro, como si los más grandes desastres fueran culpa de los otros “impuros” y nunca de la obsesión identitaria y purista del proyecto que los convocó. Fajardo, el “más puro” se encargó de hacérnoslo saber en el famoso café con Paloma. Paloma se ve a veces atrapada entre su “puro” amor a Uribe y la intolerancia de una derecha a la “impureza” de dejarla evolucionar. De la Espriella, por su parte, ha repetido otra variante de esa misma “pureza”: la del candidato que promete no contaminarse con nada. Aunque, a estas alturas, uno ya no sabe si habla de integridad o simplemente de la ausencia de espacio todavía libre para contaminar.
El problema es que la segunda vuelta exigirá exactamente lo que la primera castigó: sumar. Quien pase tendrá que decidir si quiere gobernar con los que necesita o simplemente usarlos para ganar. Y quien gane no recibirá solo un mandato popular; recibirá una lista de expectativas, deudas y resentimientos. Por eso la pregunta no es solo quién puede derrotar a sus enemigos. La pregunta es quién será capaz de llegar al poder sin destruir a sus amigos.