El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cheque en blanco para poder ir a la finca y tener representación

Catalina Uribe Rincón

18 de abril de 2026 - 12:11 a. m.

En un episodio reciente de su podcast, el columnista Ezra Klein conversó con el analista Fareed Zakaria sobre Trump y la guerra con Irán. Uno de sus argumentos es que la postura del presidente no es solo imprudente, sino moralmente reprochable, en la medida en que llegó a amenazar públicamente con destruir una civilización entera. Para Zakaria, la discusión no se limita a un problema de estrategia, como sugieren algunos de sus seguidores, que interpretan estas declaraciones como tácticas de negociación. Se trata de un deterioro más profundo: el de los límites morales que, después de 1945, encuadraban el discurso de la política exterior estadounidense.

PUBLICIDAD

Creo que Zakaria tiene, al menos en ese punto, razón: el debate público se ha ido poblando de lecturas de estrategia que desplazan el juicio moral. Deja de importar si un líder cruza ciertos límites básicos y pasa a importar únicamente si “gana”. En ese tránsito, les estamos concediendo a los políticos una especie de cheque en blanco, donde incluso amenazas extremas pueden justificarse como parte del juego, vaciando de contenido los límites democráticos que antes estructuraban lo que era aceptable decir y hacer.

En Colombia hemos tenido varios de esos “cheques en blanco”. En nombre de la seguridad, la derecha instaló eslóganes eficaces, pero moralmente costosos, como “ahora sí podemos ir a las fincas”, que consolidaron una idea de éxito incuestionable. Si las carreteras dejaban de ser territorio vedado, cualquier crítica a las transgresiones se volvía de mal gusto. Preguntar por los costos humanos era visto como ingenuidad o complicidad.

Ese clima de permisividad permitió graves violaciones a los derechos humanos, incluidos asesinatos de jóvenes presentados como bajas en combate. El problema no es solo lo que el Estado hace, sino la disposición de la sociedad a aceptar que, según las circunstancias, conviene relajar los escrúpulos, mirar a otro lado, justificar desde el inicio.

Read more!

Aunque llegue con otro lenguaje, el libreto está repitiéndose en la izquierda. Esta vez, no como “orden”, sino como “representación”. “Por fin llegaron quienes antes no llegaban”. “Por fin gobiernan sectores históricamente excluidos”. “Por fin el poder tiene otros rostros, otros acentos, otras biografías”. Todo eso tiene un valor político y simbólico innegable. Pero una cosa es reconocer su importancia, y otra muy distinta aceptar que se convierta en una forma de eximir corrupción, improvisación, clientelismo o incompetencia. Incluso hemos visto cómo capturados por presunto homicidio se rebautizan como gestores de paz para suspender el juicio.

La inclusión, por deseable que sea, no es un comodín moral. La reparación simbólica no reemplaza la honestidad. El punto de Klein es aquí especialmente iluminador: el deterioro comienza cuando dejamos de defender valores y empezamos a defender estructuras, lealtades o identidades.

En Colombia, una parte de la derecha defendió la seguridad, y digámoslo claro, es una defensa fundamental. El secuestro, los asesinatos y la extorsión son imperdonables. Pero esa prioridad no justificaba mirar para otro lado frente al abuso. Y una parte de la izquierda hoy defiende la representación, aun cuando esa representación parece pedir indulgencia frente al desorden, la corrupción o la incapacidad de gobernar que está destruyendo la capacidad del Estado de servirle a la ciudadanía.

Cambia el lenguaje moral, pero no cambia la lógica del permiso. Ese es el verdadero peligro del cheque en blanco. No solo produce gobiernos que cruzan límites con impunidad, sino también ciudadanos cada vez más dispuestos a ceder moralmente: personas que ya no juzgan según principios, sino según el bando.

De cara a las elecciones, el riesgo no es solamente volver a escoger mal. Es volver a elegir una absolución anticipada.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.