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26 Mar 2022 - 5:30 a. m.

Colombia, los nombres y el control por la identidad

Los nombres, apellidos y apodos están cargados de valores culturales. La forma en la que arbitrariamente nos referimos a las personas, también. Pensemos, por ejemplo, cómo a los hombres se les llama usualmente por su apellido y a las mujeres por su primer nombre. En el 2018, las investigadoras Stav Atir y Melissa Ferguson concluyeron que la probabilidad de que un hombre sea llamado por su apellido es el doble a que sea llamada por su apellido una mujer. Pasa con políticas, con escritoras, con profesoras y hasta con personajes de ficción. Por más renombre y reconocimiento, seguimos hablando de Francia, Kamala, Claudia, Hillary, Íngrid, Marta Lucía o Paloma.

Las razones para este fenómeno son varias. Hasta hace poco las mujeres casadas adquirían el apellido de su esposo y la forma de diferenciarlas de su cónyuge era utilizando su primer nombre. Además, referirse a alguien por su apellido ha sido tradicionalmente una señal de respeto y reconocimiento de la autoridad, pues muestra que se avala al interlocutor, normalmente diciendo primero su título, al tiempo que se genera una distancia y se evitan malinterpretaciones confianzudas. A esto le han seguido prácticas más sexistas relacionadas con la infantilización de la mujer cuando, para no concederle autoridad o edad, se le quita el “señora”.

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