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Crónica LGBTI en titulares recientes

Catalina Uribe Rincón

01 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

“Un muerto y 15 heridos después de que un vehículo embistiera a la multitud durante el Orgullo de Berlín”. “El principal sospechoso del ataque contra el Orgullo de Berlín fue abatido por la Policía”. “La Policía identifica como islamista al sospechoso del ataque contra el Orgullo de Berlín”. “Los asesinatos de personas LGBTI se disparan un 64 % en Colombia”.

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“Rusia prohíbe a una organización de derechos LGBTQ+ por considerarla ‘extremista’”. “Legisladores africanos impulsan leyes anti-LGBT más duras tras una conferencia en Ghana”. “La Corte Suprema de Estados Unidos avala leyes que prohíben a niñas y mujeres trans competir en equipos deportivos femeninos”. “Estados Unidos amenaza con retirar fondos a dos distritos escolares por sus políticas hacia estudiantes trans”.

“El presidente de Polonia veta leyes que habrían ampliado los derechos de las parejas del mismo sexo”. “Las personas LGBTQ en Ucrania logran victorias en los tribunales, pero sufren reveses en el Parlamento”. “Más de 10.000 personas participan en el primer Orgullo de Budapest desde la derrota de Orbán”. “El Orgullo de Roma excluye a un grupo LGBT judío por su posición sobre Gaza”. “Fiscales dicen que Charlie Kirk fue atacado por sus ideas políticas y citan sus posturas anti-LGBT”.

Después viene la frase de moda: “no politicemos”. Y así, los derechos terminan etiquetados como una causa de izquierda, mientras la derecha evita incluso el lenguaje de la dignidad, el reconocimiento o la igualdad.

Berlín es el ejemplo perfecto. El 25 de julio de 2026, un joven islamista radical atropelló y atacó a varias personas con un arma blanca en una marcha del Orgullo LGBTQ+. Hubo una persona fallecida y 29 heridas.

En redes circuló un video de una activista que con lágrimas dijo que esperaba que el autor del ataque “no fuera un árabe-musulmán, sino una persona blanca cristiana”. Su punto era “no politizar” el crimen y que no se volviera un asunto contra los migrantes musulmanes.

El punto de la activista es válido: pocas cosas alimentan más al populismo nacionalista que un crimen cometido por un “otro”. Aun así, si el atacante actuó motivado por el islamismo radical, ese hecho importa, aunque tenga implicaciones políticas. No deberíamos ocultar el odio que, en ocasiones, encuentra eco en comunidades religiosas, incluida la musulmana. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: la homofobia islamista y una extrema derecha dispuesta a instrumentalizarla.

Lo que me interesa subrayar, sin embargo, es otra cosa: la facilidad con la que las personas LGBTI terminan convertidas en el adversario de todos. No se trata solo de sectores musulmanes. Polonia veta protecciones para parejas del mismo sexo. Rusia convierte el activismo LGBTI en “extremismo”. En Estados Unidos, las personas trans (menos del 1 % de la población) son las causas de todos los males.

En general, las personas LGBTI son usadas como símbolo, argumento o campo de batalla en conflictos que las exceden. Israel ha usado sus derechos LGBTI como prueba de su liberalismo. Los activistas palestinos queer han denunciado esa instrumentalización para blanquear la violencia en Gaza. En Roma, a la organización LGBTI judía le impidieron participar con carro propio en el Pride por no adherirse a afirmar que las acciones de Israel son genocidas. En Ucrania las personas LGBTI combaten como soldados por defender su Estado, mientras el Estado discute si sus parejas constituyen una familia. En Colombia, al menos 270 personas LGBTI fueron asesinadas en 2025.

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La pregunta nunca ha sido si los derechos LGBTI son políticos. La pregunta es por qué, una y otra vez, se convierten en el terreno sobre el que otros libran sus batallas.

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