Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
A raíz de un proyecto de investigación que implicó revisar columnas de opinión publicadas en diversos medios colombianos entre octubre de 2007 y marzo de 2024, me llamó la atención la marcada desigualdad entre las profesiones que participan del discurso público. De un total de 97.220 columnas analizadas, las escritas por médicos apenas superan las 1.000, frente a más de 20.000 firmadas por científicos sociales y más de 15.000 por economistas. Un dato llamativo y, en cierto sentido, extraño: aunque los temas médicos ocupan un lugar central en el debate público, son pocos los médicos que intervienen directamente en la conversación.
Me parece interesante sobre todo que coincida con otra transformación del discurso público: el desplazamiento de la autoridad médica. Es cada vez más común que los pacientes lleguen (asistidos por la IA) a los consultorios con sus diagnósticos armados y decisiones sobre tratamientos ya tomadas. La infectóloga Krutika Kuppalli describió recientemente en un texto para Stat News cómo las conversaciones clínicas han cambiado radicalmente: cuando ella menciona vacunas, muchos pacientes se tensionan o le hacen preguntas basadas en desinformación sacada de internet. No es deliberación, escribe, sino “una pared gruesa, inamovible” que impide el diálogo.
Además, tenemos las fake news. Durante la pandemia, tratamientos sin evidencia se volvieron banderas discursivas. La ivermectina, un antiparasitario útil para ciertas infecciones, fue promovida como cura milagrosa, pese a carecer de respaldo científico. El médico Pierre Kory, incluso la llegó a describir como un “medicamento maravilloso” ante el Senado estadounidense, afirmación que contribuyó a su circulación masiva como alternativa terapéutica. En ese momento se promovieron combinaciones de fármacos no aprobados o sin evidencia como tratamientos viables.
Cuando la voz médica experta aparece poco en la esfera pública, otras voces llenan el vacío. Daniela J. Lamas, médica intensivista y columnista, describe algo similar en sus reflexiones sobre consultas en torno a vacunas y tratamientos: pacientes que llegan con demandas específicas, a veces solicitando fármacos ineficaces como ivermectina, moldeados por narrativas externas al diálogo clínico. La consulta se transforma entonces en un espacio de negociación discursiva más que de deliberación informada. La autoridad no se asume, se disputa.
En paralelo, la visibilidad médica ha migrado hacia otro terreno: redes sociales, posicionamiento personal, construcción de audiencia. No necesariamente para deliberar sobre política sanitaria o conocimiento médico, sino para competir en un ecosistema donde la autoridad se mide en engagement. Esto no es un juicio moral, es un síntoma de desplazamiento institucional. La esfera pública tradicional perdió voces médicas; la esfera algorítmica ofrece otro tipo de incentivos.
Es necesario abandonar la idea de que la ciencia puede mantenerse al margen de la política, que la legitimidad de algunos discursos científicos está precisamente en no meterse en debates de medios. Las políticas públicas de salud no surgen espontáneamente: necesitan sedimentación discursiva, presencia constante, discusión pública sostenida. Cuando esa conversación no ocurre, las decisiones aparecen abruptas, como imposiciones técnicas incomprensibles. La pandemia y la reforma a la salud fueron ejemplo de esto. La cuestión, entonces, no es convertir médicos en influencers ni exigir espectáculo mediático. Es reconocer que producir conocimiento también implica disputar el espacio donde ese conocimiento se vuelve comprensible y legítimo.
