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2 Jul 2022 - 5:30 a. m.

Discriminación encubierta

Ya hace un tiempo venimos estudiando el lenguaje y sus simbologías desde perspectivas de género, raza y clase. Y aunque hemos sido testigos de transformaciones fascinantes en ciertas comunidades, la sensación es que en su mayoría seguimos predicando entre conversos, entre los que ya tenemos una preocupación por revisar nuestra forma de ver las cosas. Poco ha sucedido entre quienes, por ejemplo, siguen creyendo que el esposo-niño y el chiste de la esposa brava son inofensivos. Van por el mundo como fastidiados por el cambio, como si el cambio fuera capricho de inmoderados y no un esfuerzo para atajar el abuso sistemático e inclemente sobre partes de la población.

Por fortuna, desde la elección de Petro, estas discusiones han ocupado más titulares nacionales y han obligado a figuras públicas al menos a dar cuenta de sus palabras. Tener una vicepresidenta mujer, negra, que trabajó como empleada doméstica ha expuesto los prejuicios de periodistas, políticos y de élites en general. A Francia Márquez la han llamado “doña” cuando a otras las llaman “doctoras”, “profesoras” y “señoras”, y le han hecho preguntas infantilizadas que desconocen su trayectoria. Lo curioso es que cuando se expone la falta, cuando se hace evidente el clasismo, el racismo o la misoginia, la reacción inmediata tiende a ser la de justificar el comentario, excusarlo, o reducir el hecho político al argüir falta de intención.

A todos aquellos a quienes se les ha expuesto públicamente (y a los que falta por exponer) les digo lo que les decía mi colega Michelle E. Shaw a sus estudiantes: “No hay ningún estudiante en este salón que no sea racista, ninguno”. Claro, asumirnos como sexistas, racistas y clasistas es chocante, pues existe una idea distorsionada sobre la intensidad en la que se debe cargar el odio para calificar. Pero hay que partir de un presupuesto general: si hay características que definen a una población, esas características tienen que ser cargadas por los miembros de esa población. La sospecha de la que debemos partir es que todos llevamos la violencia puesta a diario y que hay que hacer un esfuerzo articulado para resistirla.

Y quizás este sea el punto: no basta la buena voluntad. Por ahí se inicia, pero cambiar de perspectiva tiene mucha resistencia interna. El pensamiento funciona como el cuerpo, con sus mañas y sus inercias. Hay que fijarse y pensar, y como se piensa mejor en conjunto, hay que hablar, leer y ver con disciplina. No se trata de instaurar una policía normativa, sino de aguzar el juicio. Algo de prejuicio se revela cuando se nota que alguien es negro, pero no se nota que los otros son blancos. Cuando se juzga que una mujer hable bien y su halago revela la sorpresa. Hay desdén cuando alguien cree que sabe más de la comunidad oprimida que la misma comunidad. Hay distorsión cuando se cree que tener un “amigo” de esa comunidad exime de avalar su discriminación.

En otros lugares del mundo la discusión pública sobre inclusión está ya en la interseccionalidad. Está en pensar las diferencias y similitudes entre lo que significa ser mujer negra, asiática, latina o de la comunidad LGBTI+. Para que podamos avanzar como país en estos temas debemos esforzarnos por aprender más rápido. Este aprendizaje supone no sólo querer y esforzarse por cambiar, sino reconocer que quien diga con propiedad “yo no soy sexista” o “no soy racista” está bajo sospecha.

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