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24 Sep 2022 - 5:30 a. m.

El discurso antiélite

En un reciente congreso académico sobre el discurso político en la era de la polarización y el desencanto unos panelistas hablaron sobre el diputado Javier Milei. La investigación exploró el tipo de discurso demagógico que está adoptando el líder argentino y cuáles son sus enemigos más comunes. Sorpresivamente, contrario a lo que ha ocurrido con autoritarismos europeos, la migración no fue uno de los asuntos más explotados. Sus enemigos no fueron principalmente minorías, ni los derechos reproductivos de las mujeres, ni alguna población vulnerable. Por el contrario, el discurso de Milei se enfocó sobre todo en lo que se ha convertido en el as de populistas y demagogos: las élites.

El discurso antiélite no es nuevo. Lo nuevo es que se esté volviendo dominante y que tanto la izquierda como la derecha latinoamericana lo estén usando como el hilo conductor de sus banderas políticas. ¿Cómo es posible que el antielitismo sea lucha de todos? En buena parte, porque no está definido quiénes son la élite. En Estados Unidos ha habido un claro antiintelectualismo. Pero el término es muy amplio y se utiliza con distintos calificativos. Expertos en semiótica han descrito las múltiples formas en que se califica el término. Unas veces con respecto al tiempo (nuevas o viejas élites), al espacio (élites globales o locales), al campo (élites políticas o culturales), al poder (la élite gobernante) o incluso en términos de visibilidad (élite escondida).

En Latinoamérica, el antielitismo tiene también varias caras. En el libro Élites sin destino, editado por Pere Ortín, académicos y periodistas nos hablan, entre otras cosas, del principal sentido del término en sus países. En Colombia, desde el estallido social del 2021, las élites son el empresariado. En el Brasil de Bolsonaro la nueva élite es dueña del agro. En República Dominicana las élites son vividoras del Estado. En Venezuela las élites son los militares y los bolichavistas. En Bolivia la élite es blanca, racista y machista. En Ecuador la élite es cruzada y defiende a Dios, la familia y la patria. En El Salvador Bukele ha creado una nueva religión con su nombre. En Nicaragua un revolucionario y una santera son la única élite posible. En México la élite es farandulera. En Perú es fujimorista. En Panamá la élite tiene mucho dinero y poco tiempo, menos para leer. En Honduras las élites son narco-made.

“Las élites” se han convertido en el significante vacío de nuestro discurso político. Cada uno le otorga el significado que más le convenga. Para Uribe fueron las élites sociales que no lo dejaron entrar a los clubes de Medellín. Para Petro las élites son empresariales. Para Rodolfo Hernández las élites son las familias políticas que viven del Estado. El peligro no es que cada uno tenga una élite para condenar. El problema es que con tanta amplitud en el significado es muy extraño encontrar un político que no pertenezca a algún tipo de élite. En últimas, lo que traduce el discurso antiélite es: “Vamos en contra de las élites menos de la mía”. Ciudadanos y periodistas debemos estar atentos para ver cómo enmarcamos el discurso antiélite. Los significantes que reúnen y agrupan muy fácilmente siempre son de sospechar.

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