7 Aug 2021 - 5:31 a. m.

El humor de Alejandra Azcárate

El video de la comediante Alejandra Azcárate hablando sobre su estado emocional ha hecho que las redes se turben. Como si se tratara de barras bravas, apareció el “equipo Azcárate” vs. el “equipo anti-Azcárate”. Las razones para pertenecer a un bando o al otro han sido tan simples como absurdas: “que es narco”, “uribista”, “arribista”, “clasista”, “mujer”, entre otras. En algunos momentos la discusión viró hacia la calidad y ética de su humor: “que si hace bullying en sus presentaciones debe entonces asumir que le hagan bullying en las redes sociales”, “que su humor es demasiado cruel”, “que se lo merece” y así.

Me llamó tanto la atención la condena a su humor que me puse en la tarea de ver varias de sus presentaciones. Quise saber cuáles eran sus chistes. Pero sobre todo quise entender a su audiencia. El humor es bastante particular en la complicidad que exige. Uno puede ver una película que repudia, pero no reírse de un chiste que resiente. La risa, involuntaria como es, evidencia cercanía de significados, de disonancias, de sorpresas. Y ese es el punto: si no hubiera cientos de espectadores que se mueren de la risa cada vez que Azcárate aparece en escena, hace rato la comediante habría estado por fuera de los escenarios.

Pero, bueno, ¿qué hizo Azcárate para cautivar a su audiencia? Por lo que pude ver, logró responder un poco al antiguo set de clichés. Azcárate recogió ese mundo de chistes misóginos, la mayoría obra de comediantes colombianos que se habían quedado en desdibujar a la mujer, y reversó esos estereotipos para burlarse de la fragilidad de esos “machos” que no estaban “tan encima” como creían. Y bromeó de todas las demás pretensiones varoniles, sus hábitos y sus manías. Esto, solo esto, este giro reflexivo y algo imitativo, fue suficiente para darle un fresco a una generación que se encontraba a gusto en la estrechez de sus paredes.

El problema es que el humor de Azcárate, en lugar de empujar significados y de revolcar valores, ayudó a afianzarlos. “Estos son los hombres” y “estas las mujeres”, y si las mujeres se liberan actúan como machos porque ¿cómo más van a actuar? Pero hay que ser justos y añadir que Azcárate, como la amplísima mayoría de los comediantes colombianos, trabaja para una audiencia tan estancada como ella. El humor nacional está lleno del chiste flojo de la tía aburrida, la suegra fastidiosa, la mujer brava y, como siempre, la celosa. Claro, esto cuando no se trata del cojo, el boquineto o el tuerto.

Vale la pena resaltar que hacer humor como mujer es difícil. Históricamente se ha considerado que las mujeres no son chistosas sino el objeto del chiste. Es difícil que la mujer consiga agencia en un mundo en el que su principal valor es “complementar” al hombre. Hija y pareja de Adán, está ahí de añadido. Uno quisiera darle algo de puntos a Azcárate solo por pararse en el escenario. Lo que sucede es que la audiencia que la aplaude es la misma que desparpajadamente acolita la exclusión y la discriminación que sus chistes emplean como insumo. La sociedad patriarcal se burla, porque ella la cuida. Su humor, por llamarlo de alguna forma, es “interno”. Esa es su culpa. Y la culpa de su audiencia.

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