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El lado violento de la representación

Catalina Uribe Rincón

21 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.
“A Juan Daniel Oviedo no se le discute únicamente lo que piensa; se le interpela por lo que es”: Catalina Uribe
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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El semestre pasado fui jurado de una tesis de maestría en periodismo en la que la estudiante produjo el pódcast “De tú a tú con las negras”. Recuerdo que, en uno de los episodios, a propósito de la elección de Francia Márquez, se reflexionaba sobre la importancia de la representatividad de la mujer negra en los espacios públicos y políticos. También se señalaba que esa visibilidad venía con un costo alto. El énfasis era claro en que las formas de violencia no recaían únicamente sobre quien ocupaba el cargo, sino que se extendían a toda una comunidad que enfrenta el racismo.

La entrada de un cuerpo históricamente excluido al centro de la escena no solo trae reconocimiento. También trae exposición. Y con la exposición llegan los viejos estereotipos, reciclados con furia renovada: la mujer negra rabiosa, la perezosa, la que “vive sabroso”, la incapaz, la simiesca. La representación, entonces, no es solo una promesa de reparación. También puede ser una forma de violencia.

Este odio reciclado lo hemos visto en los últimos días en la conversación pública desatada por la entrevista de Revista Cambio a Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. A partir de ahí, la homosexualidad de Oviedo se volvió tema central: se repiten, desde medios, actores públicos y espacios académicos, preguntas sobre si una persona gay puede ser de derecha, si puede estar cerca de niños, si puede adoptar. Si puede, si puede, si puede.

A Oviedo no se le discute únicamente lo que piensa; se le interpela por lo que es. Como si su orientación sexual lo obligara a encarnar una posición única, homogénea y moralmente prescrita. En lugar de debatir sus ideas, buena parte de la conversación lo devuelve al lugar de la caricatura: el hombre gay reducido a plumas, lentejuelas, irreverencia antirreligiosa o sospecha moral frente a la niñez. En este caso, la representación no libera del estereotipo; al contrario, lo activa.

Con Paloma Valencia ocurre algo en la misma línea. Pese a ser una mujer poderosa y con trayectoria propia, aparece una y otra vez enmarcada por relaciones de filiación: hija, nieta, heredera, apadrinada. Como si la política femenina necesitara siempre una tutela narrativa. Y junto a eso, el catálogo habitual reservado a las mujeres visibles: que grita, que es mala madre, que su cuerpo dice algo sobre su carácter, que su manera de ocupar el espacio resulta excesiva. Incluso cuando una mujer pertenece a la élite, la representación no la libra del juicio sobre su tono, su cuerpo o su maternidad y, sobre todo, sobre sus padres y mentores; a las mujeres rara vez se les concede existencia autónoma.

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Con Aída Quilcué, la violencia de la representación se vuelve todavía más cruda. Su llegada a la escena nacional como fórmula vicepresidencial ha estado acompañada por críticas a su “preparación”, a su falta de títulos, a su apariencia, a su distancia frente a los códigos del poder blanco-mestizo y urbano, pese a una larga trayectoria de liderazgo indígena y comunitario. Se la mira menos como sujeto político que como condensación visual de una alteridad que muchos todavía sienten obligados a domesticar: la indígena “mal arreglada”, la vocera de una minga amenazante, la figura “sin estudios” que no parecería tener derecho a gobernar. No se le exige solo capacidad. Se le exige traducirse estéticamente para ser tolerable.

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Por eso, la representación no puede pensarse de manera ingenua. No basta con celebrar que ciertos cuerpos, voces y rostros lleguen, por fin, a espacios antes vedados; es necesario preguntarse en qué condiciones lo hacen y qué violencias se activan en ese proceso. Resulta duro volver a leer obsesiones persistentes sobre la homosexualidad, atestiguar el maltrato público hacia las mujeres y ver cómo resurge el desprecio hacia lo indígena. Que la representación exponga esas violencias puede ser necesario; lo que no podemos asumir es que sean inocuas. Nos hieren, y de manera más profunda, a las poblaciones contra las que se dirigen.

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