
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Me pareció curioso el espectro de votantes que tuvo Juan Daniel Oviedo en la consulta. Aclaro que hablo desde lo anecdótico, desde testimonios de personas conocidas. Sé además que no votaron por estrategia ni para inflar o desinflar candidatos. Y ahí fue que me llamó la atención el fenómeno: por Oviedo votó gente de derecha, también de centro, pero a eso se le añade algo más raro, cepedistas convencidos de que votarán por Iván Cepeda en primera vuelta.
Ese dato, que reitero no es una muestra, me hizo pensar en un fenómeno que no es nuevo; el del candidato que aparece como síntoma de un deseo colectivo: menos gritos, menos tribus, menos polarización; más sensatez, más acción, menos teatro. En el caso de Oviedo, además, se suma una actitud más fresca, un ethos de honestidad administrativa y también el espectro de una masculinidad menos agresiva, menos gritona, menos aliada de la intimidación.
Ese tipo de figuras aparece cada cierto tiempo. En algún momento Jorge Enrique Robledo representó para algunos la idea del político serio, el que estudiaba los temas, citaba cifras y parecía tomarse el Congreso como un lugar de trabajo y no de espectáculo. Algo parecido ocurrió con Claudia López como senadora, cuando representaba para otros una mezcla de denuncia anticorrupción, conocimiento institucional y energía reformista que parecía no alinearse con la política tradicional. Y también con Ángela María Robledo, cuya figura proyectaba una política ética, deliberativa y académica que llegó también como “la conciliación” a la figura más fuerte de Petro en su momento. Las ideologías de estas figuras son distintas, incluso opuestas, pero el fenómeno que las rodea se parece, pues ofrecieron a sus seguidores una salida al ambiente de confrontación.
Quizá por eso despiertan también una hostilidad tan particular. No necesariamente por lo que dicen, sino por lo que le hacen al mapa mental de muchos votantes. Hay algo que irrita profundamente cuando aparece alguien que no cabe fácil en un lado o en otro, alguien que no deja ordenar el mundo político con limpieza entre los nuestros y los otros. Y eso produce una rabia curiosa, a veces desproporcionada. Porque una parte del electorado, de derecha, de izquierda, e incluso del mismo centro, parece necesitar esa división nítida para orientarse, para indignarse, para militar, para existir políticamente. Lo que descoloca no es solo el candidato. Es la imposibilidad de ubicarlo rápido, como si el verdadero pecado fuera no dejarse clasificar.
Lo interesante es lo que pasa después. Cuando una figura así entra de lleno en la competencia política, deja de ser solo un síntoma y empieza a enfrentarse a una exigencia muy propia de esta época: la de ser legible de inmediato, la de quedar claramente ubicado, la de poder ser reconocido sin matices como propio o ajeno. La política electoral, por supuesto, obliga a tomar posición, a hacer alianzas, a entrar en estructuras concretas. El problema no es ese. El problema es la ansiedad con la que una parte del electorado necesita convertir esa ubicación en un juicio moral.
Tal vez por eso el fenómeno Oviedo dice menos sobre él que sobre nosotros. No porque revele un deseo puro de centro, moderación o tibieza, sino porque deja ver hasta qué punto nos cuesta tolerar figuras que no activen enseguida la lógica de la demonización. Hay votantes que no solo quieren saber de qué lado está alguien. Quieren, además, que ese dato resuelva de una vez si merece admiración o desprecio. Y quizás por eso ciertos candidatos incomodan tanto: no porque estén por fuera del conflicto, sino porque por un momento suspenden esa comodidad de rechazar o aclamar con claridad. Ahora que ya quedó ubicado, será más fácil para muchos hacer una cosa o la otra.
