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El poder se nota en el tono

Catalina Uribe Rincón

21 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“Sin proponérselo, el candidato De la Espriella terminó ofreciendo la comparación que quería evitar (...) algo de Rodolfo Hernández sí nos recordó”: Catalina Uribe
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Durante su visita al Departamento del Meta, Abelardo de la Espriella se enfrentó con una periodista que lo comparó con el excandidato Rodolfo Hernández: “Hace unos años veíamos al ingeniero Rodolfo ser un estilo así polémico para llamar la atención, pero Gustavo Petro logró ganar la contienda. ¿Usted cómo se diferencia de ese candidato que no lo logró en su momento?” La pregunta, por supuesto, tenía frases insidiosas; le clavaba al ego del “tigre” tres cosas: la falta de originalidad, las ganas de llamar la atención y el pronóstico perdedor. Sin embargo, la pregunta de fondo tenía sentido: ¿qué lo diferencia de ese anterior fenómeno mediático?

La respuesta de De la Espriella nos ayuda a entender mejor su carácter: “Mi amor, si yo tengo que decirte a ti que soy diferente y por qué soy diferente… tú no puedes comparar una cosa con la otra, yo soy un tipo estructurado… no he maltratado a nadie… la sola comparación es inaceptable”. La periodista se defendió diciendo que simplemente debería responder con argumentos, mientras De la Espriella la interrumpía: “Mi vida, uno tiene que ser muy responsable… el periodismo debe ser responsable…”. Al final del video se ve cómo De la Espriella se va alterando y la discusión termina con el candidato evadiendo de mal genio.

Sin proponérselo, el candidato terminó ofreciendo la comparación que quería evitar. En su reacción irascible, reacio a la crítica y con el “miamorismo” sexista hacia las interlocutoras mujeres algo de Rodolfo sí nos recordó. La periodista buscaba argumentos, pero el candidato le hizo una representación de su carácter. Preguntas así se vuelven fundamentales durante este periodo electoral. En campaña, a veces una reacción dice más que un programa: el carácter que se revela ante la crítica es el primer indicio del gobierno que podría venir.

La manera en la que un candidato responde bajo presión, cómo trata a quien lo incomoda, qué tan rápido recurre a la condescendencia o al regaño, todo eso anticipa estilos de gobierno. Por eso, el buen periodismo político no solo contrasta datos: provoca revelaciones de carácter. No es morbo, es información. Y también es información su vida, su historia, sus gustos, sus pasiones, su formación. Quién es mi candidato incluye, pero va más allá de cuál es el programa de mi candidato.

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Pero conocer esto no es fácil. Nos hemos acostumbrado a foros y paneles milimétricamente orquestados, donde casi nada se sale del libreto. Las preguntas son las mismas y las respuestas tienen la emoción de un plan de ordenamiento territorial. La plaza pública es diferente. La conversación se vuelve más fácilmente abierta y menos predecible, ofrece información más rica. Allí el candidato expone y se expone, tal y como le pasó a Abelardo.

Quizá por eso resultan valiosos nuevos formatos que se aparten del escenario único y cuidadosamente controlado. Múltiples interlocutores, distintos puntos de encuentro, conversaciones simultáneas: espacios donde el candidato no solo exponga un libreto, sino que deba pensar, escuchar y reaccionar. Más que un guion cerrado, una arquitectura de intercambios donde el carácter, el conocimiento y la capacidad de escucha puedan aparecer con menos mediación. A fin de cuentas, en democracia no solo importan las respuestas correctas, sino la forma en que alguien habita la pregunta.

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