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11 Dec 2021 - 5:00 a. m.

El predador de la Cardiovascular

El predador de la Cardiovascular

Ya son tres las mujeres que han acusado al cirujano Antonio Figueredo por abuso, maltrato y violencia física. La primera denuncia la hizo la médica María Paula Pizarro, de quien se conocieron unas imágenes brutales tras una golpiza. La sevicia con la que Figueredo la agredió alertó a los medios y a la opinión pública sobre el peligro de este sujeto. Como ha ocurrido anteriormente con el movimiento Me Too, la credibilidad que empezó a tener la denuncia alentó a otras dos víctimas a declarar. La anestesióloga Érika Plata y otra víctima anónima narraron cómo el cirujano las acosó, amedrentó, intimidó sicológicamente e incluso cómo las agredió físicamente con crueldad.

La Fundación Cardiovascular, institución a la que pertenecía Figueredo, sacó un comunicado en el que anuncia que desde que se conoció la situación en noviembre “el denunciado fue apartado de sus funciones”. Es interesante analizar a qué se refiere la institución con el momento en el que conocieron la situación. Según me comentaron algunos bumangueses, los abusos de Figueredo eran ya vox populi desde hace tiempo. “Yo sí había oído que el tipo eran un hampón”, me comentó una fuente y esta vez las piedras que llevaba el río fueron corroboradas por las víctimas anteriores a Pizarro. ¿Será que ningún miembro de la clínica tenía absoluta idea de los abusos de Figueredo?

El movimiento Me Too enfatizó la importancia de discutir la responsabilidad de los “bystanders” o “espectadores” de abusos de poder. El caso del gremio de la salud en Colombia es un buen lugar para empezar a pensar en las consecuencias de una cultura que avala el maltrato, el abuso y el acoso. El periódico El Uniandino, por ejemplo, publicó hace unos meses una investigación que recoge 13 casos de acoso sexual y 13 casos de maltrato en facultades de Medicina y hospitales universitarios en las principales ciudades del país. Para nadie es un secreto que el gremio de la salud es “pesado” y no sólo por los horarios laborales.

Entonces, ¿qué hay que hacer para detener a predadores como Figueredo? Lo primero es comenzar aceptando que las clínicas y los hospitales de hecho tienen una responsabilidad en estos comportamientos. El perpetrador del crimen es el único culpable en sentido estricto, pero hay un saldo moral pendiente que tienen los facilitadores. Todavía el gremio está permeado de una figura que hoy en día es muy sospechosa: “el mujeriego poderoso”. Y no es sospechosa por pudor moral, sino por el riesgo de que se cometan abusos. El consentimiento hoy en día sabemos que no se puede suponer, hay que garantizarlo. También sabemos de las trampas del maltrato. Sin infantilizar a la mujer, no es secreto para nadie que, solas, a las mujeres les queda difícil resistir una cultura que una y otra vez las sabotea. Se necesita de la intervención de los mayores, de los directivos, de los amigotes del mujeriego poderoso, de las mujeres con poder y de todos los que puedan hacer algo para frenar el maltrato. No hay que esperar a que vuelen dientes, pero, ya que volaron, sí se les puede exigir a clínicas y hospitales que muestren esfuerzos concretos para resistir los abusos de su personal.

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