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Después del asesinato de Rob Reiner decidí volver a ver algunas de sus películas que tenía pendientes. Me llamó la atención en especial Mi querido presidente. No solo porque no coincide con la mayoría de descripciones que suelen hacerle los críticos, que la enmarcan sobre todo como una historia de amor, sino por la relevancia inesperada que adquiere en un contexto como el de la presidencia de Donald Trump.
La película, más allá del romance del protagonista, el presidente Andrew Shepherd, es una reflexión sobre la presidencia misma. Casi como si estuviéramos viendo una cinta sobre alguna monarquía europea del siglo XVIII, Reiner nos va mostrando imágenes de la Casa Blanca como un palacio: salones inmensos, cenas de gala, bailes, recepciones solemnes, guerras con otros países, trajes perfectamente cortados, rituales de poder. En algún momento botan el dato sutil: mencionan a Luis XVI y a María Antonieta, como un paralelo obvio sin más explicación.
Shepherd es viudo y tiene una hija. Eso que podría parecer anecdótico, estructura la película. Una y otra vez, el presidente aparece como padre: padre que protege, que cuida, que enseña, que se contiene. No solo gobierna; cría. La ciudadanía aparece entonces como súbditos infantes, necesitados de guía. Él decide, pero también explica. Cuando se equivoca, rectifica. Cuando duda, oye. Su autoridad no es violenta ni arbitraria: es pedagógica. La fantasía es clara: el poder es legítimo porque es bueno, porque cuida, porque sabe más. Es una monarquía romántica: no se cuestiona el trono, solo se celebra la bondad del rey.
Pensé en esa figura mientras leía la transcripción de la entrevista que le hizo a Trump el New York Times. Dos horas de conversación en las que el presidente pasó de guerra y política exterior a enfatizar la remodelación de la Casa Blanca, su palacete. Su tono fue predecible, desafiante y autorreferenciado. Cuando le preguntaron por los límites de su poder, no cita la Constitución ni las instituciones. Dice que su límite es su propia moralidad: “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”.
En un momento, los periodistas insisten en el derecho internacional, en las normas, en los acuerdos. La respuesta de Trump: “todo depende de la definición que ustedes tengan de derecho internacional”. Habla de territorios como si fueran bienes raíces. De guerras como si fueran negociaciones. Y nunca deja de hablar en primera persona: “YO reconstruí el ejército”, “YO quiero que Europa se ponga en forma”. No hay pedagogía. No hay explicación. Hay voluntad. Su actitud es un poco la del rey que disfruta del ejercicio del poder. No promete cuidar: promete fuerza. No se presenta como protector de ciudadanos, sino como dueño.
Y, sin embargo, la estructura es la misma. Tanto Shepherd como Trump desplazan a la ciudadanía adulta. En la película, los ciudadanos son hijos bienintencionados que necesitan guía. En la entrevista, son espectadores, a veces cómplices, a veces irrelevantes. En ambos casos, el centro es el hombre solo, el líder, el rey. La diferencia no está en la forma del poder, sino en su tono. Reiner nos representó a un padre bueno, ilustrado, sentimental. Trump encarna al rey patrimonial, caprichoso, tirano. Pero ambos caen en la misma fantasía: que la democracia funciona mejor cuando se parece a una familia y no a una comunidad de adultos autónomos y responsables.
