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El sándwich de verdad para Petro y los demás

Catalina Uribe Rincón

31 de enero de 2026 - 12:33 a. m.

Ya desde hace tiempo el periodismo dejó de ser quien monopoliza la agenda mediática. Hoy, en especial en elecciones y con la ampliación de las redes, no solo los medios sino otras figuras públicas (candidatos, influenciadores, opositores) les hacen juego a las estrategias de márquetin del poder: recortan, subtitulan y amplifican discursos en aras de hacerse virales también. Cuando eso pasa, la noticia y el titular se convierten en estrategia política: frases sueltas, sin contexto ni análisis, dominan el discurso.

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Durante el primer Trump, los medios tuvieron que aprender por las malas que repetir lo absurdo no es neutralidad ni presentación de hechos, es amplificación. De esa reflexión surgió una técnica formulada por la periodista Margaret Sullivan y teorizada a partir de las ideas de George Lakoff sobre marcos y negación: el sándwich de verdad. El método propone tres pasos: 1. empezar por la verdad que importa, 2. mencionar la frase problemática con la mínima exposición necesaria y 3. volver a la verdad, reforzada y con consecuencias políticas claras. En esta columna me interesa exponer la técnica mientras, de manera explícita, la vuelvo un ejemplo.

Primero: la verdad que importa y el método

Una pieza periodística necesita ganchos, sí, pero no convertir la agenda en un cúmulo de provocaciones. Hoy el problema no es que existan frases polémicas; es que se cubran como si fueran el tema, y no como síntomas de una estrategia. En un ecosistema donde otros candidatos amplifican lo que dice el presidente para marcar moral, decoro o carácter, el periodismo llega tarde si se limita a citar y reaccionar. Su tarea es ordenar el sentido, no documentar la pelea.

El sándwich de verdad no es censura ni moralina. Es criterio editorial. Se debe empezar por el contexto (qué está en juego), después introducir la frase con el mínimo necesario (intentando evitar el eco) y regresa a los hechos, a la política y a los efectos. Es una forma de no darle la portada a la provocación y de evitar el sanewashing: esa necesidad de “traducir” lo absurdo hasta volverlo normal.

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Segundo: el relleno (con pinzas) de la frase

En las últimas semanas, Gustavo Petro habló de sí mismo como “macho alfa”, hizo referencias a la intimidad sexual, a la conquista y al cuerpo, y lanzó metáforas morales como “robar por amor”. Esto se dice una vez y no más.

Tercero: volver a la argumentación y a la interpretación crítica

En vez de caer en el escándalo de un presidente salido de control, la idea es proponer un ángulo de interpretación, por ejemplo, la retórica del cuerpo en el discurso político. Petro no está “improvisando”: está politizando la corporalidad (masculinidad, deseo, transgresión, sexo) para construir autoridad. El cuerpo aparece como prueba de liderazgo (dominio), la intimidad como capital simbólico (autenticidad), y la transgresión moral como gesto épico (el que cruza límites por una causa superior). Esa retórica funciona porque las audiencias se obsesionan, convierten al presidente en agenda, le juega al clic y al algoritmo, y crean riñas en las que sale el mismo presidente como mártir.

Cuando los medios se quedan en la frase, pierden dos veces. Primero, porque alimentan el circuito de amplificación de las redes. Segundo, porque abandonan sus principios de interpretación y análisis. Y no tendrían por qué hacerlo. Las audiencias también quieren entender; no subestimemos su necesidad de orientación. Saber qué pensar, qué sentir y cómo reaccionar no siempre es transparente. El clickbait provoca, pero no engancha. Al final del día, lo que buscamos es guía.

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