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Unas dos horas después del terremoto, una amiga española me escribió para preguntarme cómo estaba. Le contesté que, por fortuna, mi familia y yo estábamos bien, aunque había regiones enteras devastadas. Entonces me dijo: “Espero que cancelen el día de hoy”. Le respondí, casi sin pensarlo: “Es Colombia. Acá ya voy para la segunda clase del día”.
Me quedé unos minutos oyendo el eco de mi respuesta en la cabeza. Es Colombia... Como si esas dos palabras explicaran por qué, después de abandonar la clase virtual que estaba dictando, perseguir gatos por el apartamento, llamar a la familia y conversar con los vecinos, uno volviera casi automáticamente a abrir el computador, coger el carro, entrar a una reunión o dictar una clase. Como si la pregunta no fuera qué había pasado, sino cuánto tiempo iba a tomar retomar el día.
Y es que no era la primera vez. En ese instante tuve una reminiscencia de los días del Paro Nacional del 2021. Una época con días en los que también parecía absurdo continuar con cualquier rutina. Había protestas, enfrentamientos, bloqueos, violencia, incertidumbre sobre cómo volver a la casa. Miraba compulsivamente las noticias y consultaba las redes para saber qué estaba pasando, pero también porque quería comprobar, una y otra vez, que las cosas no habían empeorado. Como cuando revisamos compulsivamente el correo no porque esperemos encontrar algo nuevo, sino porque nos tranquiliza descubrir que no hay nada nuevo.
Pero siempre, en medio de la fatiga informativa, cuando una noticia violenta y urgente termina desplazando a la anterior, o precisamente por esa fatiga, nos ensimismamos en la rutina. Esa rutina que construimos como un fuerte para soportar las rupturas. Porque hay que levantarse, llevar a los niños al colegio, dictar la clase, entregar el informe, pagar los impuestos que también servirán para reconstruir lo que se cayó. Hay que mandar una ayuda, llamar a alguien, hacer lo que esté a nuestro alcance y después volver al trabajo.
Como Sísifo, vemos caer la piedra y volvemos por ella. No porque al subirla nos espere un sentido oculto, sino porque la lucidez consiste en saber que volverá a caer y aun así empujarla de nuevo. Pero ¿qué pasa cuando volver por la piedra deja de ser un acto consciente de resistencia y se convierte simplemente en costumbre? ¿Cuándo las rupturas dejan de ser excepcionales?
También hay algo valioso en seguir. En un país en el que, para tantos, llegar a un salón de clase, terminar una carrera o conseguir un trabajo ha supuesto una pelea y un esfuerzo enormes, interrumpir la rutina no es un gesto inocuo. Hay derechos que han costado demasiado como para renunciar tranquilamente a ejercerlos. Quizás por eso, después del terremoto, yo también fui a dictar mi segunda clase.
Pero una cosa es que la rutina nos sostenga y otra que nos zombifique. Que hayamos aprendido a continuar en medio de paros, violencias, crisis políticas, elecciones angustiantes y ahora el terremoto no significa necesariamente que seamos más fuertes. Puede significar también que hemos elevado demasiado el umbral de lo que nos parece suficiente para parar.
Y volvemos al “Es Colombia” y la naturalidad con la que esto parecía explicarlo todo. Tal vez vale la pena insistir en que sí, hay que seguir. Pero las sociedades también se pueden pensar desde su capacidad de reconocer que algunas cosas son lo bastante graves como para interrumpir la rutina. Tal vez la lucidez no consiste solamente en volver a empujar la piedra, sino también en saber cuándo dejarla caer y preguntarnos por qué seguimos empujándola. A veces, dejarle espacio a lo que acaba de ocurrir también es una forma de respuesta.
