Buscando artículos en periódicos viejos, encontré unos iluminadores para pensar la comunicación. Una publicación de José Hernández del 5 de enero de 1992 en El Tiempo sugiere que la presidencia de César Gaviria era una productora de contenido periodístico. El artículo narra que desde Palacio llegaban a las redacciones existencias inagotables de imágenes del presidente. Gaviria deportista, padre de familia, en cocteles, haciendo novenas, caminando romántico con su esposa por las playas de Cartagena. El punto era que la prensa publicaba tanto que no jerarquizaba. Era lo mismo ver al presidente en “el Cauca tras la masacre de Caloto que jugando tenis o mirando el mar como un turista enamorado”.
Encontré otro del 22 de julio de 1996, también en El Tiempo, titulado Samper busca apoyos por vía epistolar. El texto cuenta que en plena crisis del proceso 8.000, Ernesto Samper ordenó imprimir cerca de 10.000 cartas. Cada una llevaba un código de barras y venía acompañada de un sobre para responder al Palacio. Samper decía que buscaba una “comunicación directa” porque sus ideas sufrían a veces la “distorsión” de las formas modernas de la comunicación masiva. Aquí se mostraba una Presidencia que multiplicaba los lugares para contarse. Ya no era solo enviar fotografías hasta del perro. Se trataba de crear circuitos propios de información.
Leyendo sobre Gaviria y Samper pensé en la comunicación de Álvaro Uribe en la que la multiplicación de los canales se volvió omnipresencia. Para 2005, Uribe ocupaba el 47 % de los titulares y el 65 % de las noticias eran programadas desde la Casa de Nariño. La Presidencia enviaba información, redactada casi como noticia de agencia, a más de 3.000 medios. Uribe dio 230 entrevistas radiales y convirtió los consejos comunales en un programa de televisión que ocupó 276 sábados. Fácilmente lo podíamos ver deslizándose por un tobogán en vestido de baño después de verlo en saco y corbata regañando a un ministro. Con Uribe casi cualquier asunto podía adquirir relevancia con solo convertirse en una escena alrededor de la figura presidencial.
Con Petro, la producción cotidiana de la imagen presidencial se consolidó en redes. Camarógrafos lo siguieron en viajes, reuniones, recorridos por las regiones y hasta consejos de ministros. Una selección de fotos publicada por la propia Presidencia al terminar 2023 parece un catálogo de su forma de comunicar: Petro en la biblioteca de Salamanca, conversando con una empleada de Palacio, con su hija Antonella, entre soldados, entregando tierras o caminando con comunidades. Fotos que convivieron con un presidente que comentaba en X sobre guerras, decisiones judiciales, noticias económicas o titulares de prensa en tiempo real. Misma idea: producir muchas versiones simultáneas del presidente y hacerlas circular en el mismo flujo informativo.
Ahora llega Abelardo de la Espriella. En pocas semanas volvemos a recibir esa mezcla sin distinción de importancia. Un día lo vemos caminando entre las bolsas con los cadáveres de 23 personas muertas en un bombardeo. Pocos días después, él mismo publica las fotografías de Marco Rubio cenando en su casa de Barranquilla, entre obras de arte, esposas y familia.
Y así, 34 años después, hemos perfeccionado la falta de jerarquía entre los acontecimientos y la agenda informativa. Cadáveres, cenas familiares, crisis, viajes y escenas domésticas llegan todas al tiempo. ¿Qué es lo problemático? En las novelas, mostrar al personaje en todas sus facetas sirve para complejizarlo: vemos a los protagonistas vivir, sufrir, amar. Pero en política, esa narrativa que los humaniza puede hacernos olvidar lo propio de su cargo. Sus mentiras son transgresiones del poder; sus negligencias, decisiones públicas; sus errores pueden ser muertos. En una novela queremos saber quién es el personaje. En una democracia necesitamos saber qué hace con el poder.