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La degradación de la figura presidencial

Catalina Uribe Rincón

04 de julio de 2026 - 12:05 a. m.
Foto: Captura de pantalla
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La revista The Economist publicó el 25 de junio un par de artículos y un episodio de podcast sobre la “trumpificación” de Latinoamérica. Ahí analiza cómo desde que Trump volvió al poder en el 2025, la derecha ha ido ganando elecciones presidenciales en la región. El énfasis del artículo es en la llegada de una derecha populista con discursos punitivos que no se preocupa por ocultar su explícito apoyo al presidente estadounidense. El artículo pone como ejemplo el caso de Colombia con Abelardo de la Espriella como un outsider de derecha que promete perseguir criminales y militarizar la seguridad.

Según The Economist, el votante está premiando ahora a una derecha más extrema con un discurso radical sobre crimen, migración y orden con el “estilo” Trump. Uno de los artículos incluye en el título una palabra precisa y fascinante: “los trumpitos”. Trumpitos que siguen ese estilo de comunicación agresiva en redes, ataques a los medios, guerra contra la globalización y rechazo al supuesto discurso “woke”. Además de De la Espriella, se lista a Milei, Kast, Bukele, Noboa, Asfura, Fujimori, Bolsonaro y otros.

Pensar en los trumpitos me gustó no por la trumpificación de la derecha. Me gusta porque me hizo pensar en la degradación de la figura presidencial. Trump funciona como nombre propio, como adjetivo y como verbo: Trump, “Trumpy”, trumpizar. Pero también funciona como síntoma. La presidencia deja de ser una institución que contiene el poder y se convierte en la exhibición de una personalidad. El cargo se reduce al cuerpo, al gesto, al insulto, al apodo, a la amenaza, a la escena viral.

El diminutivo de “trumpitos” es espectacular porque empequeñece. Convierte a estos presidentes en copias menores, versiones derivativas, imitaciones tropicales de una estética del poder que ya venía en caída: exceso, vulgaridad, amenaza, masculinidad performada, desprecio por la verdad y odio a cualquier mediación institucional. Un trumpito no es necesariamente un presidente fuerte. Es casi siempre una caricatura de una fuerza que no llega a serlo. No encarna la autoridad: la sobreactúa.

Por eso yo añadiría que los “trumpitos” no son solo de extrema derecha. Puede haber trumpitos de izquierda, como lo vimos con Petro, Maduro, Chávez, Morales, Correa, Ortega, o de cualquier corriente política cuando el poder termina convertido en un culto a la personalidad.

García Márquez entendió que el poder absoluto también se ve en los cuerpos en descomposición, palacios podridos, olores, excesos, soledad y decadencia. En la novela El otoño del patriarca, éste es sobre todo una figura grotesca. El poder que se descompone es presentado como algo inevitablemente ligado a un cuerpo feo, que hiede, se descompone y se vuelve insoportable. El cuerpo “ensopado de mierda y de lágrimas”.

En ese sentido, creo que lo relevante hoy es menos preguntarnos si estamos ante un triunfo de la derecha o de la izquierda, y más si estamos viendo el deterioro y descomposición de la figura presidencial. Hemos concentrado demasiadas expectativas en una sola persona. Buscamos salvadores, liberadores, mesías, y siempre aparece algún oportunista dispuesto a ocupar ese lugar.

No estamos viendo los límites de la democracia, sino los del presidencialismo. En sociedades cada vez más diversas e interdependientes, gobernar no debería depender del carisma, la rabia o el temperamento de una sola persona, sino de la capacidad de construir consensos. Tal vez necesitamos sistemas que obliguen a negociar de manera permanente. Sistemas donde los partidos importen, quizá como ocurre en algunos sistemas parlamentarios, donde el otro siga siendo adversario, incluso incómodo o detestable, pero no pueda ser convertido tan fácilmente en enemigo público absoluto.

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