15 Jan 2022 - 5:30 a. m.

La discriminación en los restaurantes

El 5 de enero, el empresario negro Luc Gerard Nyafe denunció la discriminación que sufrió cuando le negaron la entrada al restaurante Alma en Cartagena. La razón que le dieron en Alma fue que “no cumplía el código de vestimenta”. Una frase esponja de los bouncers que se presenta como un comodín para explotar todos los prejuicios a la hora de ejercer su criterio sobre el lugar que custodian. Lo peor del asunto fue la respuesta de la Asociación Colombiana de la Industria Gastronómica (ACODRES): “Una vez verificado, podemos reportar que no se presentó ningún acto de discriminación. El establecimiento se ciñó a sus procedimientos de calidad, ninguno que incurra en actos discriminatorios”.

El panorama completo de la experiencia de Gerard es cruel y violento, en especial, por la incapacidad del restaurante y de ACODRES de entender y disculparse adecuadamente por lo que pasó. La última década ha sido particularmente robusta en ofrecernos lenguajes para identificar la discriminación. Ya no estamos en un punto en el que sea posible limitarse a recitar unos códigos obsoletos. Ningún reglamento está por encima de los principios constitucionales, de los derechos humanos y de la búsqueda por la justicia y el reconocimiento.

Empecemos por lo básico. Prohibirle la entrada a una persona es un acto siempre violento, pues se le juzga como “inadecuada”. A veces hay razones para hacerlo, pero la carga de la prueba está en quien prohíbe el acceso. Y, sí, hay que dar pruebas y razones, y las razones tienen que ser serias y persuasivas. Algo que de por sí no está contenido en la figura del bouncer, que traduce “bravucón” o “persona encargada de echar”. Pues bien, por muy bravucón, para echar hay que seguir unos criterios. El primero es partir de la base de que denegar un acceso es violento y esta decisión debe ser proporcional al daño que no hacerlo pueda generar. Si unos futuros clientes llegan en estado de embriaguez y belicosidad, negarles la entrada es proporcional al daño que amenazan con infligir. He ahí el punto: debe haber amenaza de daño; de lo contrario, ¿por qué se está denegando la entrada?

Al parecer a Gerard y a su esposa les negaron el acceso por sus zapatos. ¿Y si Mark Zuckerberg (blanquito y famosito) hubiera llegado con esa misma vestimenta también lo habrían parado? ¿Quién determina lo “adecuado” del tipo de zapato? Pocas cosas más caprichosas, jerárquicas, coloniales, patriarcales, racistas y sexistas que los códigos de vestuario. Cuando se dice, por ejemplo, “traje formal” nos imaginamos una estructura muy particular de hombres y mujeres. Ellos, con su pelo corto, cara lavada, traje y camisa; nosotras, con maquillaje, zapatos altos, falda o vestido, pelo largo, suelto y liso. Eso sí, nada diverso, ni gris, ni queer, ni afro. Unas sandalias en Cartagena están permitidas para una mujer, pero no para un hombre. La cara lavada para un hombre está bien, pero no para una mujer. Y si la persona no se identifica como hombre ni como mujer, ¿qué hacemos?

Si un hombre con medios económicos fue discriminado, imaginémonos los atropellos de ahí para abajo. Lo siento, ACODRES, no basta con citar códigos equívocos. La carga de la prueba está en quien niega el acceso y todos queremos que reconozcan los prejuicios que operaron en la negativa. Sin reconocimiento no hay margen de mejora.

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