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La guerra de reputaciones

Catalina Uribe Rincón

25 de abril de 2026 - 12:12 a. m.

En un reciente artículo de The New Yorker, la periodista Paula Mejía hace un análisis de TMZ, el tabloide estadounidense conocido por su enfoque en el entretenimiento con estilo sensacionalista. Mejía examina cómo la lógica de persecución, escarnio y voyerismo que caracteriza al medio se está ahora trasladando al mundo político. La idea inició cuando se dio el cierre parcial del gobierno en EE.UU. (partial shutdown) que consiste en que el Congreso no aprueba las leyes de presupuesto causando que se cierren agencias federales no esenciales y se suspenda a empleados sin pagarles sueldo.

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En medio de este caos, le pidieron a su audiencia que enviara fotos de congresistas “haciendo cualquier cosa menos su trabajo”. Desde ese momento el público empezó a enviar fotos de, por ejemplo, Lindsey Graham en Disney World, de Ted Cruz viajando en un avión hacia la playa mientras Texas estaba en tormenta, y así de muchos otros. Lo interesante es que la exposición de los políticos les suscitó vergüenza pública y obligó a varios a justificarse, culpar al partido contrario o tratar de minimizar por qué estaban de viaje. El artículo sugiere entonces cómo un medio muy cuestionado éticamente termina sirviendo de manera inesperada como un mecanismo de rendición de cuentas pública.

Que TMZ empiece a cubrir a los políticos como a las celebridades puede ser una rareza, sí. Pero quizá lo que también está haciendo es hacer visible cómo la política contemporánea se parece más a una guerra de reputaciones. Lo importante no es solo lo que un candidato propone o lo que su ethos representa y significa sino qué mancha lo acompaña, qué escena lo deja mal parado y qué sospecha logra pegársele. Y claro, por supuesto que es importante conocer los pasados de los candidatos pues nos anticipan mucho de lo que se viene. Sin embargo, el énfasis está en el escándalo, la contaminación y el personaje.

Si bien en Colombia no tenemos un TMZ político, se están consolidando unas prácticas y dinámicas sociales en las que medios, redes y campañas operan bajo la lógica de atacar la reputación antes que las ideas y los argumentos. En este nuevo entorno al político se le cubre como antagonista, los directores de los medios que incomodan se vuelven sospechosos y las campañas se convierten en una lucha de etiquetas: cómplice, infiltrado, radical, narco, castrochavista. A TMZ le salió bien esa develación de la cosa pública, que de algún modo parte de la premisa de mostrarle al público quién es realmente esa persona que eligió o admira. Sin embargo, también podría derivar en tiros al aire y en una contaminación reputacional que fija al otro en un arquetipo caricaturesco. Ya no se trata de observar a alguien en una escena reveladora, sino de reducirlo a una marca moral fácil de reconocer y repetir.

Y ahí está una diferencia importante. En el fondo, lo de TMZ revela una tendencia contemporánea: queremos saber no solo qué propone la persona que elegimos, sino quién es, qué hace cuando nadie la vigila y hasta qué punto nos representa en un sentido más íntimo, más personal, más ligado a cómo somos o creemos ser. Sin embargo, como esta intimidad viral suele premiar lo negativo, se termina sobredimensionando el escándalo por encima de cualquier otro rasgo. Y eso es grave porque las personas son grises: importa el carácter, sí, pero también importan los resultados, la trayectoria y la complejidad. El problema está entonces en que cuando esa guerra de reputaciones se sale de control, aparecen las etiquetas como atajos cognitivos que sustituyen la deliberación y empobrecen una vez más el debate público.

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