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La hora de los fans: entre el Royal Pop y el Tigris Uno

Catalina Uribe Rincón

23 de mayo de 2026 - 12:41 p. m.
“No es casualidad que aparezca dentro de una estética política ya organizada como fandom: El Tigre, la manada, las gorras”: Catalina Uribe
Foto: EFE - Mauricio Dueñas Castañeda
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Los fenómenos de fandom me producen fascinación. Podría decirse, triste y patéticamente, que soy una fan secreta del fandom. Mi obsesión viene en parte de la incomprensión, pero sobre todo de la incomodidad que me suscitan sus manifestaciones más grotescas: ver a personas salir corriendo de sus casas para perseguir a Rosalía, fans abalanzándose sobre actores que caminan por la calle, barras bravas que convierten el fútbol en una guerra, mítines políticos que parecen conciertos religiosos, consumidores que acampan varios días para comprar un celular. La incomprensión hace que le dedique horas a tratar de pensar y racionalizar estas situaciones, aunque racionalizar el fanatismo sea, de entrada, una contradicción.

Mi obsesión más reciente viene de los relojes. Del Royal Pop en específico: la colaboración entre Audemars Piguet y Swatch que terminó produciendo filas ridículas, raponazos, cierres de tiendas, intervención policial y escenas absurdas de ansiedad colectiva. Se trata de una colección de ocho relojes de bolsillo inspirados en el Royal Oak de Audemars Piguet y en la línea POP de Swatch de los años ochenta. No es exactamente un reloj de pulsera tradicional. Es un objeto, según descripciones online, “pop, modular, colorido, diseñado para llevarse al cuello, en el bolsillo, en la cartera o incluso en la muñeca”. Un pequeño artefacto de “lujo” accesible o de lujo traducido al lenguaje del juguete.

Lo que me atrapó fue el asunto del tiempo. Un objeto diseñado para medir el tiempo, para recordar el tiempo, para organizar el tiempo, hizo que miles de personas perdieran tiempo esperando. Claro, perder o ganar el tiempo es subjetivo. Para algunos, hacer fila durante horas por un reloj puede ser una idiotez, para otros, una experiencia, una inversión, una historia, una forma de estar donde “había que estar” para documentar en redes. Pero ahí está justamente lo interesante: el reloj ya no mide solo la hora. Mide la disposición de alguien a gastar su tiempo para entrar en una escena de pertenencia.

Y entonces el Royal Pop me recordó el Tigris Uno, el reloj de Abelardo de la Espriella. Una edición limitada de veinte millones de pesos que en la página de Defensores de la Patria se presenta como un “giratiempo” que simboliza “el tiempo de los patriotas que están a horas de cambiar el destino de la Patria”. El reloj es un anuncio de que “llegó la hora”. Las frases del reloj, como casi todo lo de Abelardo, son obvias y ordinarias. Pero son interesantes para pensar cómo este artefacto ya no representa la puntualidad, sino la lealtad.

Si el Royal Pop muestra gente perdiendo tiempo para comprar un reloj, el Tigris Uno convierte el tiempo en consigna. En un caso, el reloj permite decir “yo alcancé”. En el segundo, “yo hago parte”. No es casualidad que aparezca dentro de una estética política ya organizada como fandom: El Tigre, la manada, los Defensores de la Patria, los tenis, las gorras, los símbolos animales, los eventos multitudinarios, la épica del rugido. Una política que ahora ofrece rituales de identidad.

En el fondo, los dos relojes hablan de la misma época: el mercado de redes y la política descubrieron que la pertenencia se puede empaquetar. Unas veces como colaboración entre lujo y juguete y otras como reloj “patriótico” de edición limitada. Pero el objeto es lo de menos. Lo importante es la escena: la fila, la caja, el video, la exclusividad, la reventa, la frustración de no alcanzar. No estamos ante consumidores queriendo saber la hora o deleitarse con un objeto, sino ante fanáticos buscando una prueba de acceso. Estos relojes sí miden el tiempo: el que la gente está dispuesta a perder para sentir que pertenece.

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