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La nitidez imposible

Catalina Uribe Rincón

28 de marzo de 2026 - 12:00 a. m.
“Series como The Morning Show muestran cómo se construye y pacta el silencio”: Catalina Uribe
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The Morning Show introduce desde el inicio la distribución muy desigual del desgaste entre hombres y mujeres en un canal de televisión. Una de sus primeras escenas muestra a Alex Levy, presentadora de noticias interpretada por Jennifer Aniston, despertándose a las 3:30 a. m. porque esa es su rutina. Se levanta, toma café y una bebida energizante, se sube a la trotadora mientras lucha contra el sueño y la fatiga. Luego, frente al espejo, empieza una secuencia agotadora de cremas, masajes faciales, arreglo de pelo y maquillaje. Al final, mientras se seca el pelo, hace ejercicios de voz para ir calentando la garganta.

Antes incluso de hablar, ya está trabajando para ser visible pero agradable. Ahí empieza la representación de ese pacto silencioso en The Morning Show: la mujer debe estar impecable para entrar al espacio público, incluso cuando ese espacio la desgasta o la expone. Su cuerpo tiene que llegar listo antes que su pensamiento. Su cara debe estar preparada antes que su voz. La televisión le exige presencia, belleza, energía y simpatía. Y esa exigencia no es decorativa, es política. Nos recuerda que unas personas están ahí para hablar y otras, además, para sostener con su cuerpo el espacio en el que hablan.

Por eso The Morning Show no es solo una serie sobre un hombre denunciado por acoso sexual. Es una serie sobre una estructura de silencios. Sobre colegas que saben y no dicen nada. Sobre mujeres que, para sobrevivir, aprenden a minimizar incomodidades. Sobre empresas enteras que convierten en “rumores” lo que durante años ha sido parte del paisaje. Y lo que es más triste, el patriarcado en los medios no solo produce las condiciones para el acoso, también produce las condiciones para que, cuando por fin se denuncia, esa experiencia parezca insuficiente, ambigua o difícil de probar.

Ahí es donde Prima Facie, la obra de teatro de Suzie Miller, ilumina otro lado del problema. La protagonista, Tessa, es una abogada brillante que cree profundamente en las reglas del derecho. Pero cuando ella misma es víctima de una agresión sexual, descubre el abismo entre la experiencia vivida y las exigencias institucionales para que esa experiencia sea reconocida. Lo que para una mujer puede ser clarísimo en el cuerpo, en el miedo o en la memoria fragmentada, para el sistema se convierte en un montón de preguntas minúsculas y crueles: qué dijo exactamente, cuánto resistió, qué tan firme resistió, por qué no se fue antes, por qué no denunció antes, por qué no hay una prueba mejor.

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Todo esto se me vino a la mente tras la intervención de Néstor Morales sobre las denuncias de acoso sexual en Caracol, quien después de expresar solidaridad con las víctimas dijo: “Celebrar también que mujeres que se estén atreviendo a denunciar con pruebas. También veo que hay muchas que se están montando sin la misma dosis probatoria”. La frase importa por la lógica que revela: primero reconoce la valentía de denunciar, en seguida restablece la sospecha.

Series como The Morning Show muestran cómo se construye y pacta el silencio. Obras como Prima Facie muestran por qué romperlo no basta cuando la experiencia de la violencia debe traducirse al lenguaje limitado de la prueba. No estoy diciendo que no deban existir pruebas ni procesos. El problema es que la sociedad tolera durante años conductas difusas, ambientes hostiles y abusos por parte de los hombres, pero cuando una mujer denuncia exige una nitidez impecable, casi quirúrgica. Como si aquello que todos aprendieron a tolerar de forma convenientemente imprecisa solo pudiera ser reconocido cuando aparece con precisión absoluta.

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