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Hace no mucho tiempo la “chica mala” del periodismo era la crónica roja: lo policial, lo sensacionalista, lo “popular”, lo que olía a melodrama y a tragedia cotidiana. Como si se tratara de un subgénero de menor calidad, algunos editores y periodistas la miraban con desdén. Algo que se aparte de esa “pureza periodística” más parecida a la alta cultura. La cronista boliviana Cecilia Lanza habla de la doble discriminación que ha recibido la crónica roja: por bastarda (impura, ni del todo literatura ni del todo periodismo) y por excluida (del periodismo serio).
La crónica roja fue despreciada por “mal gusto”, por “populacho”, por no hablar el idioma del poder. Y, sin embargo, con el tiempo, como sugiere Lanza, parte del periodismo narrativo y de la academia aprendió a leerla con más complejidad: a exigirle ética, contexto, fuentes; pero también a reconocer que allí había un termómetro social, una estética popular, una forma de contar la ciudad. Algunas de sus historias nos han permitido preguntarnos: ¿qué vidas cuentan como noticia? ¿Quién tiene derecho a ser narrado? ¿Qué violencias se vuelven estadísticas y cuáles se vuelven historia?
Recordé el tribunal de la crónica roja porque hoy tenemos una nueva chica mala del periodismo: el medio que no milita en mi bando. Y no solo eso, sino que no lo haga al mejor estilo chisme de peluquería. Ya no importa si un reportaje tiene contexto o si una frase requiere pruebas más sólidas. Importa si el medio “es de los míos”. Es como si hubiéramos decidido que la deliberación democrática es un partido y que el periodismo tiene que elegir camiseta. Y todo hace parte de una inversión moral extraña: el político señala, el medio responde, el público castiga al medio.
El problema es que, si el periodismo queda reducido a “los míos” y “los otros”, el poder gana dos veces: desacredita lo que le incomoda y disciplina lo que viene detrás. Esa expectativa de que todo periodismo tenga que tomar postura política inmediata, y ojalá alineada con una militancia, es una de las formas más eficaces de empobrecer el debate público. La tan sesgada vigilancia obliga a que los medios funcionen como barras bravas: no se les pide que investiguen; se les pide que pertenezcan. No se les pide que prueben; se les pide que se identifiquen. No se les pide que incomoden al poder; se les pide que incomoden al enemigo.
Y aquí viene la trampa: cuando la discusión se vuelve identitaria (“de qué lado estás”), desaparece lo central: qué se dijo, con qué evidencia, con qué matices, con qué daños posibles, con qué correcciones. En vez de conversación democrática, o siquiera de conversación a secas, lo que tenemos hoy es una suerte de confesión ideológica obligatoria. Y de ahí, y solo desde ahí, se ejerce el oficio. Los periodistas de izquierda reportan desde la izquierda y para la izquierda, y los periodistas de derecha desde la derecha y para la derecha.
El problema es que el buen periodismo suele producir resultados incómodos: puede afectar a aliados, revelar matices inesperados o desmentir narrativas populares. Pero en un clima tribal, como en el que nos encontramos, esa complejidad ya no se lee como rigor, sino como traición. La nueva chica mala del periodismo no es la que exagera la sangre: es la que se niega a militar.
