El pasado 8 de febrero, The New York Times publicó un reportaje sobre la demanda que pusieron tres estudiantes en contra de la Universidad de Harvard. Margaret Czerwienski, Lilia Kilburn y Amulya Mandava demandaron a la institución en la que cursaron su posgrado por el manejo que dio a las muchas denuncias de acoso sexual que tenía el profesor de Antropología John Comaroff. Según las estudiantes, la universidad optó por ignorar las acusaciones y permitió que el profesor continuara amenazando la carrera académica de quienes se atrevieran a denunciarlo.
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La reacción de un grupo de profesores de la universidad fue uno de los hechos más impactantes. Según The New York Times, al menos 90 académicos firmaron cartas abiertas defendiendo al profesor, su carácter, reputación y tutoría. Como sucede en estos casos, salen a relucir las falacias del estilo de: “A mí no me pasó”, “siempre fue una persona muy respetable” o “no me lo imagino haciendo eso”. Solo hasta que varios leyeron con detalle el reportaje periodístico sobre el caso decidieron retractarse de haber firmado una de las cartas. De los 38 firmantes originales, 34 se echaron para atrás. Pero el daño ya estaba hecho.
De hecho, como lo publicó Teen Vogue, la decana de la Facultad de Artes y Ciencias de Harvard, Claudine Gay, circuló una carta en la que resalta los peligros de tomar una postura pública frente a denuncias de acoso sin tener una “comprensión exhaustiva de los hechos”. Las reacciones públicas inmediatas a una denuncia de acoso sexual deben ser muy cuidadosas. Los profesores que se retractaron argumentaron falta de conocimiento, pero no pidieron disculpas. El artículo de Teen Vogue contiene una entrevista a Nicole Bedera, una experta en violencia sexual, quien considera que lo que hicieron los firmantes y retractantes es una forma también de acoso. Estas reacciones atacan la libertad de expresión y cohíben futuras denuncias de acoso.
El reciente escándalo de abuso sexual en el Colegio Marymount de Bogotá me hizo recordar el caso de Harvard, pues en las discusiones sobre la pasividad de quienes debieron sospechar del acoso en el colegio salía la explicación de: “Es que son de otra generación”. La explicación quería ser exculpatoria: dejémoslas/dejémoslos, porque han incorporado una cultura sexista y por eso no alertaron o no se dieron cuenta siquiera de que debían alertar. No era su intención fomentar una cultura que permitiera el abuso, pero se criaron en otros tiempos, nos dicen. Y, hasta cierto punto, tienen razón. Hoy tenemos un lenguaje mucho más preciso para pensar este tipo de abusos. Pero lo reciente del vocabulario no es excusa para no conocerlo. Antes, al contrario, como ya tenemos el lenguaje, no hay excusa.
El comentario sobre el cuerpo, las alusiones a la sexualidad de la mujer, “los piropos” y todas esas cosas que la “otra generación” hace sin intención son lo que continúa dando aire a los abusos. Una de las denunciantes de Harvard, para tratar de bloquear los avances del profesor Comaroff, le sugirió que estaba en una relación con una mujer. El profesor Comaroff le respondió que si la veían en una relación lésbica en algunas partes de África, podría llegar a ser víctima de violaciones correctivas. El comentario violento fue interpretado por los defensores del profesor como algo honesto y propio de un hombre de su edad. Pero no es un comentario propio de ninguna edad. Ni la estudiante tenía que hablar de su vida privada para protegerse, ni la respuesta debió haber sido que a mujeres como ella las violaban para “corregirlas”. Para todo hay contexto y en ese contexto el comentario no es un dato. No verlo así es posible, pero no correcto.
Hay quienes todavía se quejan de la intensidad con el tema, que qué sensibilidad. Pues bien, un poco más de sensibilidad hubiera protegido a las niñas del Marymount y a las jóvenes de Harvard. La “insensibilidad” de “la otra generación” protegió en su lugar a los predadores.