
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Supe de las tigresas de la patria hace poco por una estudiante que hizo el cubrimiento periodístico de una de sus reuniones. Son un grupo de mujeres que se autodenominan así y son seguidoras del candidato Abelardo de la Espriella. Al googlear encontré un video de la cuenta oficial de Facebook del candidato de una reunión en Chía, Cundinamarca.
En el video, se puede de primeras ver al candidato en una tarima levantando la mano a la frente con su clásico saludo militar. Después aparece una mujer con una sonrisa y gran energía diciendo: “que habla claro, que no dice mentiras, y pues aprovecho para decirle que Zipaquirá está con él”. Luego hay otra con un tono más serio: “como él lo dice, el ejemplo arrasa, y qué más que es un ejemplo de hombre de familia, de padre y de esposo, y eso es fundamental en toda la sociedad”. El video concluye con una mujer diciendo: “tiene mucho corazón, firme por la patria”. Esta última mujer cierra con el saludo militar.
Más que inaugurar una tendencia, estas mujeres encarnan patrones que ya venían consolidándose. De hecho, parecen emparentadas con las tradwives que se popularizaron en Estados Unidos con la llegada de Trump, pues la tendencia es a representar una feminidad devota, beata y moral. Mujeres que defienden a ese “hombre de familia” desde la identidad relacional de protector-protegida. Hay en este performance una nostalgia por la jerarquía, una evocación a estructuras donde cada uno ocupa su lugar y donde esa claridad se vuelve tranquilizadora. Se trata, especialmente, de representar una virtud en público (rezar, moralizar, custodiar) como una forma de participación política que es, al mismo tiempo, identidad y teatro.
Cuando oí que se llamaban tigresas, no pude evitar pensar en la Tigresa del Oriente, la cantante peruana Judith Bustos, que se hizo famosa con la canción “Un nuevo amanecer”. Bustos irrumpía con una pedagogía moral casi elemental: “aprovecha para ser feliz”, “domina tu orgullo”, “no seas egoísta”, envuelta en una estética exuberante de estampados felinos y coreografías. Su canción repetía que “mientras Dios te da vida y salud / aprovecha para dar amor”, y remataba con autoridad pop: “Tienes que rectificar tus errores… te lo dice la Tigresa”. Incluso llamaba a sus seguidores “tigrillos”, en una dinámica de comunidad identitaria de política contemporánea.
La diferencia entre las tigresas está en que la tigresa pop exagera para existir y la tigresa patriótica se contiene para pertenecer, pero, ambas, siguen a su tigre. La tigresa pop genera su identidad desde la hipérbole: el maquillaje, el estampado, la canción moralizante convertida en espectáculo. Su estética no busca respetabilidad; busca presencia. La segunda, en cambio, no exagera su singularidad sino su adhesión. Su gesto político no es la extravagancia sino la confirmación de la virtud exhibida, la identificación con un orden que promete protección. Si la tigresa pop se produce a sí misma, la tigresa patriótica se inscribe en una narrativa ya disponible.
Sin embargo, ambas coinciden en la figura que las convoca: la grandilocuencia, la teatralidad, la masculinidad escenificada como espectáculo. Tal vez la fascinación no radique en el orden que se promete, sino en la dramaturgia del poder que lo encarna. Las tigresas de la patria siguen a su tigre, Abelardo, y a su estética del exceso, kitsch, fedora, barba delineada, pelo engominado, incluso su paso por la ópera, que no es un mero ornamento, sino parte constitutiva de su autoridad. Aquí, el exceso no es accesorio; construye autoridad, codifica jerarquías y moviliza afectos; funciona como un lenguaje que traduce poder en espectáculo.
