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Dudo cada vez que escribo sobre Fajardo porque pienso en el dicho de “al caído, caerle” y no es justo. También porque sospecho que su tragedia tiene algo que ver con la mía. Pero tal vez el palo que le doy viene de la misma escoba que él eligió como símbolo, pues es la propia caracterización de su personaje lo que lo condena una y otra vez a perder contra los mismos y en las mismas. Como en la película del Día de la marmota, abrimos los ojos y ahí está la muñeca rusa, por tercera vez. Y me interesa sobre todo leerlo como personaje para ver si es la condena del centro, la de él, la de quienes lo hemos visto como una alternativa viable o un poco de todas.
Volví a pensar en Fajardo en el debate de infraestructura del 28 de abril en RCN, un escenario que en teoría podía favorecerlo. Pero desde el saludo apareció el mismo personaje. “Un saludo a María Consuelo, que está debutando como directora de la Cámara Colombiana de Infraestructura y un saludo a Juan Martín Caicedo Ferrer, que durante muchos años sirvió muy especialmente a Colombia”. La escena es pequeña, pero elocuente. A la mujer se le marca el debut y de inmediato se la desdibuja trayendo a escena la trayectoria de un hombre ausente. A ella se le da una bienvenida condescendiente, a él se le concede estatura institucional. Es el saludo de macho amable: correcto en la superficie, jerárquico en el fondo. No se trata de una falta gravísima. Es algo más interesante: una señal del personaje que sigue atrapado en formas viejas de ocupar el lugar del hombre sensato.
Luego vino lo de siempre. Fajardo volvió a hablar desde el pasado. Cada intervención iniciaba con algo como: “A partir de mi experiencia como gobernador… cuando yo fui alcalde… cuando hicimos la transformación del departamento de Antioquia”. Y sí, es importante lo que se ha hecho: no es lo mismo prometer desde cero que hablar desde una administración concreta. Pero una candidatura presidencial no puede vivir eternamente de esta escena original. Antioquia, Medellín, la transformación, la decencia, la pedagogía: todo eso fue importante, pero no puede seguir funcionando como si todavía fuera una promesa nueva.
El problema no es que Fajardo recuerde su pasado. El problema es que todavía parece esperar que ese pasado haga todo el trabajo dramático por él. Como personaje, se quedó sin arco. Dice que aprendió, pero aparece igual. Incluso su cuerpo comunica esa contradicción: pie cruzado, suela visible, ocupación relajada del espacio. No es semiología barata del zapato, es una imagen de comodidad en un debate que pedía movimiento.
La paradoja es que Fajardo sí dijo cosas concretas. Habló de las capacidades de cada territorio para conectarlo con el resto del país; insistió en garantizar recursos de los departamentos; destacó la valorización y priorización de vías terciarias; volvió a sugerir la importancia de hacer las cosas con rigor, transparencia y método, entre muchas otras propuestas.
Por eso la pregunta no es si Fajardo tiene razón en algunas cosas. La pregunta es si todavía tiene más historia que contar. El debate pedía movimiento: vías, puertos, trenes, regiones conectadas, Estado llegando donde no llega. Fajardo volvió a mostrarnos a un candidato que sabe hablar de conexión, pero permanece encerrado en la misma escena. Y tal vez por eso me cuesta tanto escribir sobre él. Porque su tragedia no es solo suya. Tal vez también es la mía: la de quienes seguimos buscando una forma distinta de hacer política y terminamos encontrando, otra vez, una promesa atrapada en su propio personaje.
