Durante estos días se celebran los sanfermines en Pamplona, España. Esa “fiesta” de blanco y rojo en la que cada mañana corren cientos de personas delante de toros. Con este evento llega su recuerdo más cruel: La Manada. En 2016, cinco hombres violaron a una mujer de 18 años, grabaron la agresión y la compartieron en un chat grupal. Primero fueron condenados por abuso sexual a nueve años y luego el Tribunal Supremo español aumentó la pena a 15 por violación, intimidación y cooperación entre los agresores.
Al ver las imágenes de hombres vestidos iguales, todos corriendo, empujándose, probándose contra el toro, pensé que la escena ya no pertenece solo a Pamplona. Es una estética de nuestro tiempo: hombres uniformados en la calle, excitados por el grupo, convertidos en una sola voz. El pasado 4 de julio, cientos de miembros del Patriot Front, nacionalistas blancos, marcharon en Washington con la cara cubierta, pantalones caqui, camisas azules y banderas confederadas. Parecían una estampida de cuerpos indistinguibles.
Pensando en todo esto, recordé el triunfo del París Saint-Germain en la Champions League. Estaba dictando un curso cuando ganó el equipo. Salieron hordas de hombres con torsos descubiertos, cantos, pólvora, empujones, cuerpos subiéndose a estatuas y techos. Atestigüé cómo las mujeres empezaron a hacerse a los lados en esa variedad de coreografía que nadie enseña, pero se aprende por supervivencia. Una profesora mayor me pidió que la acompañara a salir porque le estaban pasando por encima.
El fútbol no causa la violencia contra las mujeres, pero sí muestra con qué facilidad algunas alegrías masculinas se vuelven permiso. En Colombia, De la Urbe, de la U. de Antioquia, recogió datos de la Sijín, y de estudios de la U. Javeriana y U. Lancaster: cuando juega la Selección aumentan, en promedio, 19 denuncias de violencia intrafamiliar; 79 % de las víctimas son mujeres. En Inglaterra, el abuso doméstico subió 26 % cuando la selección ganó o empató y 38 % cuando perdió. La manada celebra, pierde o empata y el cuerpo de la mujer es el que paga.
Por eso me pareció absurdo que el abelardismo decidiera llamarse “la manada”. Primero porque, como recuerdan los biólogos, su símbolo es un tigre y los tigres, salvo las madres con sus crías, no viven en manada. Y sobre todo “La Manada” ya nombra en Europa algo específico: un grupo de hombres que violó a una mujer creyendo que tenían derecho de hacerlo. Pero tal vez no era ignorancia sino una revelación. La manada no es un grupo de animales con instinto y cohesión. Es una horda de masculinidad que avanza porque el otro avanza, al igual que avanzan los ejércitos improvisados y envalentonados por el anonimato del grupo.
Y ahí está el problema: las manadas están siendo muy eficaces. Se fortalecen en estos despliegues de masculinidad y, al mismo tiempo, nos convencen discursivamente de que el enemigo es el feminismo. En Colombia venimos de un gobierno de izquierda en el que el feminismo se olvidó porque se asumió que la izquierda, por ser izquierda, ya defendía a las mujeres. Pero la manada progresista también tuvo sus cascos, sus escudos, su Primera Línea machirula. Mientras tanto, los reclamos feministas se volvían incómodos, secundarios, desleales. Ahora con la derecha cualquier alusión al feminismo suena a insulto. Hasta Paloma Valencia tuvo que desmarcarse del término para no perder votantes. Es decir, la igualdad sí, la palabra no. La deuda sí, el movimiento que la ha nombrado no.
A las mujeres se les negó el voto con el argumento de que votarían en masa bajo la influencia de sacerdotes y maridos. Siempre éramos masa cuando reclamábamos derechos: emocionales, manipulables, rebaño, multitud. Pero cuando los hombres se agrupan para marchar, gritar, intimidar, eso ya no es masa, es manada. Y entonces hasta les aparece un nombre de campaña.