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Lógica, ética y estética

Catalina Uribe Rincón

28 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

La capacidad argumentativa y de abstracción en el debate público colombiano es muy pobre. Lo vivo con frecuencia en las reacciones a mis columnas. A algunos lectores les pasa algo parecido a lo que le ocurre a Petro: “si el medio habla bien de mí, posteo el artículo; si me critica, digo que la prensa hegemónica miente”.

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En mi última columna hablaba de la importancia del tono para identificar formas futuras de gobernar. Di el ejemplo de una respuesta evasiva de Abelardo de la Espriella cuando le preguntaron por similitudes con Rodolfo Hernández. El ejemplo ilustraba mi argumento sobre la necesidad de variar los formatos con los que entrevistamos a los candidatos.

Las reacciones, casi en piloto automático, fueron del estilo: “pero si Petro es igual, no responde”. Cierto. Pero ese no era el punto. Petro también evade y durante su campaña hubo muchas señales que anticiparon lo que ha sido su gobierno. Sin embargo, si en cada columna de 500 palabras debo añadir el sonsonete de “y también la derecha, el centro y la izquierda”, leer el periódico sería peor que las audiencias judiciales por Zoom: con parafernalia y sin estilo.

Mientras pensaba en esta falta de argumentación y leía a quienes me reclaman que no respeto la memoria del “viejito” (Rodolfo), recordé una de las cosas más interesantes de su carrera política: el nombre de su partido inicial, ‘Lógica, Ética y Estética’. Un nombre más cercano al título de una revista académica indexada que a una estrategia de márketing electoral. Ese fue el partido que llevó a Hernández a la alcaldía de Bucaramanga en 2016. Y fue precisamente escribiendo sobre él que volví a pensar en la necesidad de tomarnos en serio la lógica, la ética y la estética en política. O, al menos, lo primero.

Rodolfo no fue el mejor representante de su propio lema, pero el nombre que lo llevó al poder sigue señalando una carencia evidente del debate público. Volver a la lógica no implica exigir debates tecnocráticos; implica recuperar una disciplina mínima: responder lo que se pregunta, sostener una línea argumentativa y aceptar que la objeción del otro no es una agresión. Hoy la evasión permanente erosiona más la confianza ciudadana que un mal argumento explícito.

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Tenemos, al menos, dos caminos para acercarnos a la verdad. El primero es contrastar los hechos con marcos explicativos: sé algo porque lo he verificado. El segundo es detectar la contradicción: sospecho que mientes porque antes dijiste lo contrario. Esas son algunas de las herramientas que tenemos para pensar lo que es, para buscar la verdad desde la cuál podemos comenzar a decidir qué hacer. Una verdad que abre conocimiento, pero también la posibilidad del bien.

Uno de los grandes problemas de nuestras democracias es la exclusión. Hay miles de personas que, quizá con voto, permanecen sin voz. Exigirle al debate seriedad no es excluir por elitismo; es una forma de incluir que apela a la fuerza de la razón. Es deshonesto obligar a la ciudadanía a leer entre líneas, entre engaños y mentiras. En últimas, lo bueno también es claro y simple.

Y, por qué no, también bello. Porque cuando un argumento es claro, coherente y responde de frente, produce una experiencia de armonía intelectual. No hay trampas, no hay ruido innecesario, no hay manipulación. La forma acompaña al contenido. Eso es, en sentido clásico, belleza: adecuación entre forma y verdad.

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