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Queriendo a Samanta

Catalina Uribe Rincón

05 de septiembre de 2026 - 12:06 a. m.

Durante el confinamiento de la pandemia, el padre de una amiga se enamoró de Samanta. La conoció por internet. Fue una relación siempre a distancia. Mensajes de amor, una que otra foto, historias de viajes, frustraciones, deseo. Mientras su familia seguía con su vida en los otros lugares de la casa, él esperaba la hora para sentarse con su computador a escribirle a Samanta.

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Samanta era una mujer excepcional y exótica. Trabajaba en otro país con piedras preciosas, era gemóloga, y estaba dispuesta a dejar todo por el padre de mi amiga. Después de un tiempo, acordaron conocerse. Samanta vendría a visitarlo. Pero algo pasó. Una situación de fuerza mayor dejó atrapada a Samanta. Lo único que podía hacerla llegar al destino del amor era una suma de dinero. El padre de mi amiga no dudó en hacer la transferencia.

El banco llamó de inmediato a la esposa, pues el dinero había salido de una cuenta conjunta. Ella y sus hijas revisaron los mensajes y descubrieron lo obvio: Samanta era una estafa romántica. El libreto coincidía con el que describía la policía: identidad falsa, afecto, promesa de un encuentro y al final una petición de dinero.

Costaba entender que un hombre educado, perspicaz y lúcido hubiera caído en semejante engaño. Leídos sin enamoramiento, aquellos correos eran casi una confesión: historias inverosímiles sobre dinero y piedras, errores gramaticales que delataban a alguien que no dominaba el idioma, una urgencia económica surgida justo antes del encuentro. Pero leídos por él, todo aquello sonaba a idilio.

Lo que más me llamó la atención de esta historia ocurrió después de que se descubriera la estafa: el padre de mi amiga añoraba a Samanta. Pedía que lo dejaran mantener la “relación”. Ya sabía que esa mujer no existía y aun así seguía queriéndola.

Me acordé de él al conocer un dato de Singles in America, una encuesta financiada por Match y realizada en colaboración con investigadores del Kinsey Institute: de los 5.001 solteros consultados, el 33 % de los jóvenes entre 18 y 27 años dijo haber “interactuado con una IA como compañía romántica”.

La inteligencia artificial no inventó el amor por seres inexistentes. Lo que hizo fue volver más fácil que lo inexistente respondiera. Para sostener a Samanta hacía falta un grupo de estafadores que se turnara frente a un computador. Un chatbot, en cambio, puede responder a cualquier hora, recordar nuestras propias palabras y ofrecer algo que se asemeja al amor: intimidad.

La intimidad no se define necesariamente por el tipo de vínculo. Puede haber intimidad con la pareja, la familia, o incluso un extraño en un aeropuerto. Es una forma de relacionarse que aparece cuando bajamos parte de las defensas con las que nos presentamos ante los demás y dejamos ver aspectos de nosotros que no están disponibles para cualquiera: miedos, deseos, contradicciones, recuerdos, fantasías o pensamientos en borrador. A cambio, solo se pide complicidad, atención y algún tipo de cuidado.

Un experimento publicado en Nature entrenó cinco modelos de lenguaje para responder con mayor calidez. Los modelos así entrenados cometieron entre 10 y 30 puntos porcentuales más errores y fueron cerca de un 40 % más propensos a validar una creencia falsa del usuario. A veces sonar cariñoso exige no llevarnos la contraria.

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Samanta y un chatbot no son lo mismo. Ella fingía ser una mujer; la inteligencia artificial puede admitir que es un programa y aun así producir apego. La pregunta, entonces, no es si una máquina puede amarnos, sino qué necesitamos para sentirnos amados. Y lo interesante es descubrir que hay mucho de lo romántico e íntimo que no pasa por la voluntad real del otro.

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