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Rezo ostentoso

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Catalina Uribe Rincón
08 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
Rezo ostentoso
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En la audiencia general del 2 de enero del 2019, como parte de sus ciclos de catequesis, el papa Francisco habló sobre el “Padre nuestro”. En un momento se refirió a los hipócritas y citó la Biblia: “No seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados, para ser vistos de los hombres” (Mateo 6: 6, 5). A esto añadió que hay personas que “pueden tejer oraciones ateas, sin Dios y lo hacen para ser admirados por los hombres”.

Mateo no es el único que se refiere al rezo performativo. El mismo Francisco en otra audiencia, del 1 de junio de 2016, citó la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14) en la que el fariseo reza enumerando sus virtudes y comparándose con los demás. Francisco la define como una “exhibición de sus propios méritos”. Lo que hace el fariseo, en contraposición al publicano que solo pide misericordia, es presentar un informe de su superioridad moral.

Pero no nos quedemos en la Biblia. En el Corán 4:142, los hipócritas se describen como personas que se levantan a rezar con desgano y lo hacen para ser vistos por la gente, pero poco recuerdan a Dios. En el Sura 107, se condena a los que hacen de la oración una exhibición sin sinceridad ni compasión. En la Bhagavad Gita 17.12 se habla del sacrificio que busca resultados, prestigio u ostentación como una práctica dominada por la pasión y el ego.

Pensé en el sentido de la oración al ver el video del retiro espiritual publicado por el presidente Abelardo de la Espriella en sus redes sociales con esta afirmación: “para construir una gran Nación hay que poner a Dios en el centro de cada decisión”. En los videos que circularon, De la Espriella aparece de rodillas con las manos abiertas hacia el cielo. Les proyectó a los integrantes de su equipo videos de pasajes espirituales hechos con inteligencia artificial y les regaló una Biblia con el logo de la Patria milagro.

La oración, que debería apartar al creyente de la mirada de los otros, aparece diseñada para ella. No podemos juzgar la fe de los participantes, pero sí podemos analizar la escena que el equipo decidió construir: una escenografía devocional en la que el futuro gobernante ocupa el centro incluso mientras afirma que el centro es Dios. O Dios, con la Patria milagro de vehículo. Al parecer, pasamos de un presidente que creía que encarnaba la voz del pueblo, a uno que parece querer encarnar la voz divina. La práctica de la humildad queda escondida entre semejante ostentosidad.

Un término cuya historia viene al caso. Ostentar viene de ostendere: mostrar ante los ojos. Con el tiempo, adquirió un sentido más negativo: no solo mostrar, sino mostrarse; no solo hacer visible algo, sino buscar la mirada de alguien. Comparte raíz con monstrāre, “mostrar, señalar, indicar”, y con monstrum, aquello que aparece como signo, aquello que se muestra. El monstruo es, en este sentido, aquello que irrumpe ante nosotros y exige ser visto. Mostrar nunca fue un acto neutro. Lo que aparece ante los ojos puede ser una revelación o una advertencia.

El problema se vuelve más profundo cuando esa escenografía religiosa se cruza con una estética política construida alrededor de la exhibición: el exceso, la grandiosidad, la necesidad permanente de mostrar una diferencia frente a los demás, de ocupar un lugar excepcional. La cuestión no es que un gobernante tenga fe. El riesgo aparece cuando la fe deja de recordarle los límites de su poder y empieza a funcionar como una prueba pública de su propia excepcionalidad.

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