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Socialmente degradados

Catalina Uribe Rincón

16 de mayo de 2026 - 12:03 a. m.
Foto: Caravaggio
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El miércoles pasado, Deutsche Welle en español publicó en su cuenta de Instagram un video mucho más que cruel. Las imágenes muestran a ciudadanos de Loosdrecht, Países Bajos, quemando un refugio temporal para solicitantes de asilo. La cámara registra sus mejillas rojas, bocas apretadas, respiraciones agitadas, ojos de odio, al tiempo que suenan las sirenas. En el fondo del video, detrás de unas rejas, se ven los árboles que rodean el refugio en llamas. Las expresiones de algunos de los hombres se enmarcan con una precisión asustadora en la calentura de la imagen, mientras gritan arengas y mueven sus brazos hacia arriba.

Al final del video aparece una señora declarando: “Nuestros hijos no pueden conseguir casa y están en una lista de espera y esa gente simplemente viene...”. En seguida enfatiza: “nuestros hijos primero”. La noticia reporta además que cuando policías y bomberos intentaron apagar las llamas, fueron bloqueados por la turba. Dentro del edificio en llamas estaban los solicitantes de asilo y sus acompañantes. Lo que más me llamó la atención de las imágenes fue la fuerza bruta y la falta de vergüenza con la que iban contra el refugio a incendiarlo con seres humanos adentro. Solo uno de los “manifestantes” en algún momento se sube la pañoleta para taparse la boca como bandido, pero lo hace más como un performance de violencia, al mejor estilo trumpista del 6 de enero, que como un gesto mínimo de cobardía.

Mirando a estos hombres recordé unas viñetas del cómic biográfico Caravaggio, la paleta y la espada, del artista Milo Manara. Después de atestiguar la decapitación de Beatrice Cenci, Caravaggio aparece en su estudio con unos modelos, pidiéndoles que recreen una escena en la que uno de ellos debe hacer como si matara, igual que el verdugo, para el cuadro El martirio de San Mateo. El modelo alza la espada con una expresión idéntica a la de algunos manifestantes de la turba de Loosdrecht. Caravaggio, de mal genio, le dice: “¡No! ¡No! ¡Yo mismo vi al verdugo! Nada de poses, ni movimientos desperdiciados de su espada, ¡tú eres demasiado teatral! Él es totalmente indiferente”.

Al final, Caravaggio añade: “¡Tal cual si rebanara carne, con movimientos precisos como los de un carnicero con una cabra!”. Así actuaban antes los verdugos: quietos, estoicos, sin desperdiciar gestos. No porque fueran más humanos, sino porque incluso la ejecución exigía una forma de contención. El verdugo hacía el trabajo sucio de todos, pero debía hacerlo sin convertirlo en espectáculo. No debía actuar por rabia, ni por entusiasmo, ni por placer. Su oficio era matar, pero hacerlo sin parecer poseído por el placer de matar.

Por eso históricamente el verdugo fue una figura apartada y socialmente degradada: alguien en quien la comunidad podía depositar su violencia para después despreciarla. La comunidad necesitaba que alguien ejecutara su violencia, pero al mismo tiempo lo marcaba como impuro. Le entregaba la tarea de matar en nombre de la ley y luego lo mantenía lejos, como si así pudiera lavarse las manos. El verdugo era necesario y despreciado. Era el recordatorio incómodo de que toda sociedad que castiga también necesita a alguien dispuesto a hacer el trabajo sucio.

Lo inquietante de Loosdrecht es que esa distancia parece haber cambiado de lugar. Ya no hay un verdugo apartado, avergonzado, entrenado para no ser teatral. Hay ciudadanos que adoptan la teatralidad de los políticos y la llevan hasta sus últimas consecuencias. Actúan la rabia. Ensayan la indignación de las redes. Levantan los brazos, gritan, se encienden con la cámara, hacen de la violencia una escena compartida. No parecen cargar con la vergüenza de quien ejecuta una violencia delegada, sino con la euforia de quien cree estar protagonizando una defensa moral.

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