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Trabajando de 5 a 9

Catalina Uribe Rincón

29 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Un día después de la muerte de la cantante Dolly Parton, llegué de trabajar a mi casa pasadas las nueve de la noche. Pensé entonces que un trabajo de nueve de la mañana a cinco de la tarde como el de su canción no sonaba mal. Lo irónico es que ‘9 to 5’ no es una celebración de la jornada laboral. Hace justamente lo contrario. Parton convirtió en himno la vida rutinaria de quienes madrugan para llegar a una oficina que les drena la vida.

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Incluso el ritmo de la canción surgió del trabajo. En una entrevista de 1981, Parton contó que mientras trabajaba en la película 9 to 5 descubrió que al juntar sus largas uñas acrílicas podía producir un sonido parecido al de una máquina de escribir. Usó ese sonido de uñas para encontrar el ritmo, mientras componía la canción y luego sus uñas quedaron incorporadas como percusión en la grabación.

46 años después, la máquina de escribir desapareció y estamos con computadores capaces de terminar en segundos las tareas de mecanografía que hacían los personajes de Parton, Fonda y Tomlin. Pero el tiempo que ahorramos no nos está quedando disponible. Si escribir un correo cuesta menos, escribimos más correos. Si organizar una reunión es facilísimo, convocamos otra reunión. Si podemos trabajar desde cualquier lugar, cualquier lugar puede convertirse en el trabajo.

En un informe especial de su Work Trend Index, Microsoft llamó a esto la “jornada laboral infinita”. Sus datos a nivel global muestran que un trabajador está recibiendo en promedio 117 correos al día y es interrumpido constantemente por chats. Las reuniones después de las ocho de la noche aumentaron 16 % en un año y entre quienes siguen activos a las 10 de la noche, casi un tercio vuelve a abrir la bandeja de entrada.

Pero estar presentes no es lo mismo que producir más. Desde julio, la jornada máxima en Colombia es de 42 horas semanales, pero seguimos estando entre los países de la OCDE donde más se trabaja. En 2023, superábamos las 2.000 horas anuales y aun así nuestra productividad por hora está entre las más bajas. Trabajar más tiempo no significa trabajar mejor.

El problema quizá es que hemos construido una cultura laboral en la que “hacer cosas” se confunde fácilmente con hacerlas bien. Por eso la discusión sobre inteligencia artificial debería ser también una discusión sobre el tiempo. Nos preguntamos constantemente qué trabajos va a reemplazar, qué profesiones van a desaparecer y qué habilidades tendremos que aprender. Pero no nos preguntamos qué venimos haciendo muy mal desde hace un rato, desde antes del primer computador y el internet. Pues, tal como van las cosas, la IA lo único que va a hacer es meterle turbo al error.

La tecnología no resuelve la mala gestión, pero sí puede industrializarla. Una persona que organiza mal su trabajo puede ahora producir más correos, reuniones y tareas mal coordinadas en menos tiempo. Una instrucción confusa que antes podía perderse en una reunión ahora puede convertirse en 17 mensajes, tres documentos compartidos y un hilo de 40 respuestas. Incluso la burocracia puede amplificarse: automatizar un proceso absurdo no necesariamente lo vuelve menos absurdo. Simplemente permite ejecutar lo absurdo diez veces más rápido.

Hay unos problemas grandes en las prácticas, las reglas y las expectativas de la vida laboral que la tecnología no está creando, pero que sí está presionando y revelando. Porque si logramos hacer en cinco horas lo que antes hacíamos en ocho, pero llenamos las tres restantes con ruido, habremos dado una vuelta completa: del ‘9 to 5’ al ‘5 to 9’. La tecnología habrá conseguido que trabajemos más rápido, sin trabajar menos ni mejor.

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