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Trump y Petro en el ‘New York Times’

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Catalina Uribe Rincón
24 de enero de 2026 - 05:05 a. m.
“En vez de seguir repitiendo que el periodismo está en crisis, debemos resaltar aquellos que le dejan un espacio al ritual”: Catalina Uribe
“En vez de seguir repitiendo que el periodismo está en crisis, debemos resaltar aquellos que le dejan un espacio al ritual”: Catalina Uribe
Foto: AFP - ANGELA WEISS
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Hace unas semanas escribí una columna sobre algunos medios nuevos, unipersonales, “virales” en los que se ha perdido, o nunca ha estado, ese rol mediador que separa información, justicia y espectáculo. Algunos de estos nuevos medios, que en su momento creímos iban a curar los vicios de los medios tradicionales, han optado por las dinámicas estilo reality show que privilegia el algoritmo. En algunos de los comentarios que recibí se sugería que los medios tradicionales tampoco fueron, ni son, una alternativa confiable, pues estarían, o siempre habrían estado, igual de erosionados.

El punto relevante para lo que quiero decir hoy no es si la prensa vieja o la nueva es mejor, sino que, en un mundo de medios prácticamente infinito, cada quien tiene en mente un prototipo distinto de “medio tradicional”. Yo, por ejemplo, suelo pensar en el New York Times y no en Fox News. Y esa diferencia no es menor. Sugiere que todavía existen medios que se conservan como espacios de traducción entre el poder, los hechos y el público. Incluso en un ecosistema saturado de canales directos, algoritmos y audiencias fragmentadas, hay momentos en los que esa mediación sigue siendo necesaria.

Donald Trump puede pasar semanas descalificando a la “prensa liberal”, acusándola de mentir, de perseguirlo, de representar a una élite desconectada. Puede hacerlo en rallies, en redes, en su propio ecosistema mediático. Pero cuando decide explicar una decisión importante, justificar una postura internacional, o hablarle a algo más que a su base, acepta sentarse, con grabadora, contexto y edición, frente a un grupo de periodistas del New York Times.

No lo hace por altruista o inconsistente, su decisión es calibrada y estratégica. Igual que la de Petro, quien también decidió hablar con el Times en enero. En estas entrevistas no hay gritos, groserías ni el estilo de pregunta diseñada para volverse viral en clips de 20 segundos. No se ven tan explícitas las amenazas retadoras que vemos de estos dos mandatarios en redes sociales. Cuando uno las lee, hay contexto, antecedentes y contrapreguntas. En otras palabras, en estos reportajes y entrevistas “a la antigua” hay una conversación pensada no solo para el lector del día siguiente sino para cualquiera que, dentro de unos años, quiera entender cómo se narraban Petro y Trump en ese momento. Lo que vemos es una prioridad por el registro y no por el aplauso.

Tal vez por eso, en vez de seguir repitiendo hasta el infinito que el periodismo está en crisis y que los medios tradicionales son todos hegemónicos y llamados a desaparecer, debemos tratar de resaltar aquellos que le dejan al menos un espacio al ritual y no solo al público. Y sí, muchos medios solo piensan circular. En otros, como The New York Times algunas veces se habla para quedar. No se trata de cuántos ven la entrevista, sino de qué tipo de registro deja. Un medio así no debería igualarse y competir por viralidad, eso está perdido hace un tiempo, sino buscar la manera de seguir siendo el lugar donde el poder acepta volverse documento, donde la palabra se fija, se contextualiza y se vuelve citable.

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