Yo nací en los años ochenta, en Medellín, Medallo, le decían. En 1987, mis padres, asustados por el sicariato y por el reclutamiento infame de los pelaos para la violencia y los negocios ilegales, decidieron mudarse a la capital, pensaban en mi futuro y en el de mi hermano. Era muy niña y, sin embargo, nunca olvido esa ciudad, hay algo en el lugar que uno nace, en la tierra donde da los primeros pasos, una cosa que se llama arraigo.
Esos años fueron vertiginosos para Medellín, la cultura narco pululaba por doquier, mi padre le decía “El Narc-Deco”. Recuerdo, no sin estupor, algunos rasgos de la estética de esa época: edificios ostentosos, cuerpos y bustos de mujeres exagerados por la silicona, gruesas cadenas de oro adornando los cuellos de chicos envalentonados por el dinero y las armas.
En estos días volví a caminar la ciudad, me metí por la calle diez y algunos parques del Poblado. Solía parchar por ahí con amigos cuando viajaba en las vacaciones. Vi a mujeres jóvenes, algunas casi niñas, en las esquinas, esperando algo o a alguien. Vi a extranjeros negociando la noche con ellas. Recordé el motivo por el que salí de la ciudad en los ochenta. Es la cara oscura del turismo.
Pero también vi otra cosa: una juventud vibrante desparramada en las calles. Le di vuelta al tema en mi cabeza y encontré una relación entre el reggaetón y el turismo. Medellín se ha convertido en los últimos años en la capital del género que ha revolucionado la Industria musical y que hoy tiene en Karol G una de sus figuras más destacadas. Me emocionó pensar cómo la música puede convertirse en el referente del turismo de una ciudad, así como la salsa en Cali y el vallenato en el Caribe.
Me pregunté entonces: ¿Es inevitable la relación entre el reggaetón, el turismo y la depredación sexual? O, acaso, ¿es posible combatir la parte oscura y estimular la parte que da luz a la ciudad?
El turismo representa un 7% del PIB de Medellín. En el primer trimestre del 2024 los visitantes gastaron US$221 millones, según la alcaldía. “Un 57% de los 1,2 millones de visitantes entre 2022 y 2023 fueron hombres con una edad promedio de 37,7 años”. En El Poblado se evidenció un incremento de la criminalidad asociada a la promoción de prácticas delictivas como productos turísticos, “con un aumento del 200% de llamadas reportando delitos sexuales”.1
Llevo días pensando este tema para entender el fenómeno cultural del reggaetón y el auge de las dolorosas cifras del turismo sexual y la violencia, hay algo dramático en la construcción del imaginario del turista: el estereotipo de mujer construido a partir de las narrativas musicales, una ciudad en la que la belleza y la sexualidad están asociadas a un cuerpo alterado en un quirófano. ¿Será ese el principal ingrediente de la tragedia que hoy vive mi ciudad, Medellín?