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Si alguna profesión ha reinado en las últimas décadas es la economía. Como la obsesión ha sido el crecimiento, los economistas han tenido la última palabra en los gobiernos y en organismos internacionales. Pero, a menos que aceptemos las nuevas prioridades que nos exige el mundo, lo que nos espera especialmente a los ortodoxos es ganarnos el calificativo de “desubicados”.
Los profesionales de esta disciplina estamos enfrentados a revisar lo que hemos considerado como prioridades para responder a las responsabilidades que hoy debemos asumir. Dos realidades nos obligan a revisar el camino hacia delante. La primera es analizar con sinceridad causas y consecuencias de la peor crisis económica de los últimos 100 años. Es fundamental ser intelectualmente honestos sobre las políticas económicas que han sido dominantes durante las últimas tres décadas. Sin emociones, debemos reconocer en qué se ha acertado y en qué se ha fallado e identificar las causas del impacto inmenso de la pandemia sobre la economía y, más importante, sobre la vida de la gente más desfavorecida. Si esta reflexión es válida para todos, en el caso de América Latina es absolutamente impostergable.
La segunda es de naturaleza estructural. El capital ha sido la obsesión de la mayoría de los economistas como el factor de producción que más genera crecimiento. Sin embargo, la pandemia ha demostrado la prioridad que amerita la evolución del capital humano, la gente, esa gran mayoría que ha estado destinada a recibir limosnas. Su subestimación puede explicar el costo social inmenso que ha generado la pandemia y que no logra reducirse significativamente aun cuando la economía se recupera. La necesidad de esa mirada al capital humano la estamos viviendo en Colombia, cuando es evidente que tenemos crecimiento económico sin empleo. Lo afirma la Cepal y se ratifica en nuestro país. Mejores indicadores de la producción no están acompañados de incremento de empleos decentes ni de reducción significativa en indicadores de los sectores de ingresos bajos y medios. Esta realidad implica que el capital humano dejará el lugar secundario que muchos economistas le han otorgado, porque además se asocia con la explosión social que frena el crecimiento del capital y del PIB.
Pero el cambio trascendental es entender la importancia del capital natural y su íntima relación con la economía. Este capital salió de la marginalidad del debate económico para ser el centro de las preocupaciones mundiales por su impacto en el crecimiento y en el futuro de la humanidad. El reciente informe de Naciones Unidas prendió el debate al señalar que “el ser humano ha calentado el planeta a niveles nunca vistos en los últimos 2.000 años”. Las consecuencias son devastadoras: lluvias intensas, inundaciones y sequías, subida en el nivel del mar, aumentos en el calor que vivirán las ciudades, muchos de estos y otros fenómenos que ya se evidencian hoy. La economía, el capital y el capital humano no son ajenos ni a las causas de estos inmensos problemas ni a las consecuencias de su evolución. Los economistas tenemos que dejar de ver la protección al capital natural, al medioambiente y el freno a las causas de la crisis ambiental como estrategias que desaceleran el crecimiento. O valoramos el capital natural como clave para el desarrollo sostenible o seremos los desubicados del siglo XXI.
cecilia@cecilialopez.com, www.cecilialopez.com, @CeciliaLopezM
