3 Nov 2021 - 5:30 a. m.

Alejandro Gaviria escoge malas compañías

Una Ley de Garantías electorales suspendida de manera inconstitucional por el Gobierno agonizante de Duque y por unas bancadas coligadas con él para usar los dineros que pagamos los ciudadanos, en compraventa de votos: “Yo te doy contratos, tú me devuelves en votos para que me elijas, otra vez, el año entrante”, dicen, frotándose las manos, los “anatolios” del Congreso que son los que le preguntan a la Presidencia de la República cómo votar los proyectos de ley, y le hacen caso; un registrador nacional de sospechosa conducta a quien el parlamento le aprobó, en un santiamén y con mensaje de urgencia del Gobierno, una reforma al Código Electoral que no solo modificó los procedimientos de la contienda del 2022 sino que le amplió la nómina en cerca de mil puestos y le incrementó el presupuesto con el fin de tener con qué contratar billonarios servicios; ese registrador mañoso que advirtió, sin explicación coherente, que hay cinco millones de votantes más que los que contempla el DANE; el mismo personaje que les entregó las registradurías locales a los caciques políticos de cada municipio y departamento, y que, en cambio, abandonó su posición de árbitro cuando le contestó a la oposición: “El que no sienta garantías para las elecciones no debería presentarse”; todo lo que está sucediendo, hecho tras hecho, anuncia el arribo de una tormenta perfecta de manipulación y fraude para impedir que el poder público se transforme como quiere, harta de corrupción, la gente del común.

En este mar de incertidumbre, llega Alejandro Gaviria como el forastero purificador, como el hombre que “elevará” el debate y que sacará al país del fango clientelista que no le ha permitido salir del atraso, la pobreza y el abandono en que lo han mantenido los partidos tradicionales, plenos de vicios mientras viven y se reproducen, elección tras elección, en su propia maleza. ¿Y a quién escoge el jugador del viento fresco para concretar alianzas que fortalezcan sus aspiraciones? ¡Plaf! ¡A los jefes y clanes de los partidos tradicionales! Según entrevista que le dio a El Tiempo el fin de semana pasado, Alejandro Gaviria propone una “nueva coalición con fuerzas políticas de origen liberal”. Salvo el Partido Conservador que, al menos en teoría, se encuentra en orilla diferente a la del liberalismo, hasta el Centro Democrático tiene “origen liberal”. Por si alguien lo ha olvidado, también se desprendieron del liberalismo el Partido de la U y Cambio Radical, unas colectividades con muchas vergüenzas por esconder: aparte de que sus jefes, Dilian Francisca Toro y Germán Vargas Lleras, no representan, precisamente, la renovación contra la politiquería, como tampoco César Gaviria, sus agrupaciones tienen que darnos explicaciones sobre cómo permitieron que llegaran a cargos de representación popular los siguientes condenados por graves crímenes: Kiko Gómez, Oneida Pinto, Bernardo Ñoño Elías, Musa Besaile, Alejandro Lyons, Zulema Jattin, Ferney Tapasco, clan Gnecco, clan Cote...

Gaviria, el precandidato, excluye al uribismo pero, de resto, le da la bienvenida a cualquier cacicazgo nacido en el partido de Gaviria, el expresidente, a quien defiende sin analizar la decadencia y el desmoronamiento que ha sufrido esa agrupación bajo su dirección. Gaviria, el precandidato, parece, así, darles la razón a quienes sostuvieron que el expresidente era el verdadero padre de sus aspiraciones políticas con lo cual empieza a ser cada vez menos real su autocalificación de “independiente”.

Pregunta: “¿Le manifestaron (los de la Coalición de la Esperanza) que siguen los vetos hacia las directivas del Partido Liberal?”. Su respuesta: “Sí. Dijeron que las directivas de (ese) partido (léase César Gaviria) no tenían ningún espacio en esa coalición... Fue un veto que interpreté como algo definitivo contra un partido”. Pregunta: “¿Y (alianza) con Cambio Radical?”. Respuesta: “No hemos tenido conversaciones pero si ellos creen en esta agenda programática liberal, podrían tener cabida”. Partió mal el exrector de Los Andes: su presencia, sus conocimientos y, seguramente, sus buenas intenciones quedarán sepultados, muy rápido, en el vertedero de la corrupción de la cosa pública que sus coequiperos llevan incentivando hace muchos años. Desilusión.

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