Petro es un político sagaz e inteligente pero impulsivo. Por eso, debería reconsiderar su relación con las redes, particularmente con X, antes Twitter. Muchas veces se lo han dicho, pero se niega a atender el consejo. Responde que ese espacio digital, siempre abierto para usarlo a su antojo, es su mejor medio de comunicación: sin intermediarios, sin otro jefe ideológico que él mismo y conectado con “su” pueblo, sin interrupciones, a través de los siete millones de seguidores-lectores de sus mensajes. No le falta razón, sobre todo si pondera la gratificación que le proporcionan los canales permanentes e incondicionales del mundo web, frente a sus desencuentros con la prensa tradicional. Hasta este punto, la discusión se reduce a un estilo presidencial apresurado y poco convencional al que se le pueden achacar los errores de información del mandatario y la multiplicación de sus pleitos, algunos absolutamente irrelevantes.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Otra dimensión adquiere su costumbre de hablar por trinos sin pensar en las consecuencias cuando el asunto que trata toca las sensibilidades de dos nacionalidades en guerra cuyos desarrollos pueden tener impacto transcontinental. Desde luego, el presidente tiene todo el derecho de manifestar su posición sobre la tragedia humanitaria que se vive en la Franja de Gaza. Sin embargo, los 100 o más mensajes que publicó con sus opiniones (¿personales o del jefe de Estado?), en defensa de los civiles palestinos y en rechazo al contraataque militar de Israel sin condenar la crueldad asesina de Hamás contra los civiles del pueblo judío, no podían terminar sino como lo vimos: advertencia grosera a Colombia del Gobierno de coalición de ultraderecha presidido por Benjamín Netanyahu, “reprimenda” a la embajadora colombiana en Tel Aviv y hasta la “patanería” —como la calificó el ministro Leyva— del embajador israelí en Bogotá, Gali Dagan, quien tuvo el atrevimiento de escribir en su propia cuenta de X, pese a su investidura diplomática, burlas sobre el jefe de Estado de Colombia.
Ningún país respetable admitiría la media sonrisa del embajador Dagan cuando trinó que “los sabios de Sion fundaron el Clan del Golfo”, o que “todavía hay judíos con nariz grande y aguileña que mandan (a) las Autodefensas Gaitanistas”. Es comprensible que Tel Aviv se moleste con las alusiones desafortunadas de Petro al Holocausto o a los campos de concentración. Entonces, le debe resultar fácil entender que a los colombianos con dignidad nacional tampoco nos parece chistoso que alguien haga sarcasmos sobre las masacres de pueblos enteros, las desapariciones y los desplazamientos forzados de miles de campesinos cuya tragedia banaliza cuando se refiere a esta como comandada por unos “judíos de nariz grande que mandan a las AGC o al Clan de Golfo”, bandas tan asesinas y terroristas, en nuestros territorios, como Hamás. Ahora bien, para sacar el debate del campo de las tonterías que sueltan los encumbrados personajes en las redes, más valdría que revisáramos la historia sobre la posición del Estado de Colombia en cuanto al conflicto Palestina-Israel.
Así encontraríamos que Petro ha fallado en la forma, no en el fondo —salvedad hecha de su triste silencio sobre Hamás—. En agosto de 2018, pocos días antes de entregarle el mando a Iván Duque, el entonces presidente Juan Manuel Santos reconoció a Palestina como Estado “libre, soberano e independiente”, de acuerdo con la decisión de esta nación que se alinea con la de la ONU en el sentido de apoyar la creación de un Estado palestino sin detrimento de la existencia del Estado de Israel. Santos también tuvo que soportar la ira de los israelíes y de su embajada en Bogotá que calificó su anuncio como “una bofetada sorprendente y decepcionante”. Como era de esperarse, la administración derechista de Duque, a través de su vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, y del canciller Carlos Holmes Trujillo (q. e. p. d.), prometió “examinar cuidadosamente sus implicaciones y la forma” en que el mandatario saliente reconoció a Palestina. Nunca pudo revertir tal acto. Petro ha reiterado, de modo correcto, la necesidad de que se suspenda la tragedia humanitaria de lado y lado. Pero sus afirmaciones son débiles al lado de la soberbia del poder que lo viene envolviendo indefectiblemente, aunque es consciente del daño que le hace.