Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Aunque nuestro pasado electoral ha estado marcado por hostigamientos y graves violencias según las circunstancias de cada época, a nadie parece importarle que la nuestra, en estas cuatro semanas que restan para las votaciones de primera vuelta presidencial (31 de mayo), esté cargada con una difusión de odios que propicia la aniquilación del contrario. Hoy, el ambiente pesa por las declaraciones venenosas de todos los días, y el aire se enrarece con la irresponsabilidad generalizada. Repito lo que dije hace unas semanas: no ha pasado un año del atroz asesinato de Miguel Uribe Turbay, y los políticos, sus abogados-activistas y gran parte de medios y periodistas actúan como si ignoraran el clima que antecedió al doloroso crimen, y, en cambio, se propusieran incentivar un atentado en contra de otro personaje significativo para la democracia. Hace unos días, de pronto saltó, por ahí, en un espacio radial de reconocida tendencia política, una “noticia” de acuerdo con la cual el expresidente Uribe había recibido “un anónimo muy preocupante” en que se vinculaba a ¡“un gobernador activo del país en la planeación y financiación del magnicidio de Miguel Uribe Turbay”! Semejante bomba informativa fue lanzada, no obstante sus implicaciones, sin soportarla en fuentes conocidas que la respaldarían o en evidencias documentales que darían cuenta de la veracidad de la misma. Y, aunque la autora de la divulgación del rumor añadió que “se omite el nombre” del presunto gobernador involucrado porque “no hay ninguna prueba real que lo vincule”, también le dio credibilidad cuando recalcó que “las autoridades tienen que investigar [porque] sin duda es preocupante pensar que políticos [y] funcionarios hayan tenido algo que ver [con ese crimen]” (ver).
Pocas horas después, volvió a saltar, por ahí, un conveniente desarrollo de la “chiva” periodística, con difusión ampliada en varios espacios mediáticos: le dieron rostro e identidad al “asesino” o al “cómplice del asesinato” del precandidato presidencial del Centro Democrático. Era –sería– el gobernador del departamento de Nariño, Luis Alfonso Escobar. ¿Cómo se filtraron el contenido del supuesto anónimo y el nombre del “culpable”? Eso todavía es un misterio. Pese a ello, el gobernante individualizado quedó marcado para siempre con el rótulo de la duda. Pero, ¿quién es él? Por arte del azar –no por nada más–, el mandatario nariñense resultó ser uno de apenas tres candidatos regionales elegidos por el Pacto Histórico en 2023. ¡Encontrada la llave! Siendo un izquierdista y, por eso mismo, un comunista, guerrillero y terrorista, Escobar se ha ganado, con creces y en este ambiente polarizado, el rótulo de sospechoso. Además, gobierna el territorio límite con Ecuador, el país cuyo presidente anda interviniendo en política interna colombiana: maltrata a la gente de la frontera para castigar a Petro, mientras recibe visitas del líder del Centro Democrático y de la candidata que está en el lugar que, muy seguramente, hubiera ocupado Miguel Uribe Turbay. El expresidente Uribe, huésped de Daniel Noboa, es, como ya se dijo, el destinatario del “anónimo muy preocupante” que convierte en criminal al gobernador de Nariño, quien pertenece al partido del antagonista de Noboa, Gustavo Petro. La vuelta es retorcida, pero ni aun así puede ocultar sus intenciones: resulta clara como el agua.
Obviamente, el gobernador salió en su defensa y acusó el duro golpe que recibió con una sentencia que, ojalá, no llegue a ser real: “usted [a Uribe Vélez] me ha puesto una lápida en mi cabeza” (ver). La carencia de respaldo probatorio del chisme propagado obligó al expresidente que tiró la piedra a esconder la mano con que la lanzó.
En una entrevista que le dio a otra cadena radial, aseguró que el anónimo no era tal porque sí tenía origen conocido aunque no reveló cuál era. También dijo que nunca hizo “mención pública” de la identidad del gobernador y que no sabe cómo llegó a oídos de una periodista. Cándido él (ver). Sin embargo, la liebre saltó donde menos lo esperaba el exmandatario: el desenlace de la historia insensata surgió con las declaraciones del padre de precandidato asesinado, Miguel Uribe Londoño, quien, indignado, refutó el entramado: “rechazo que el dolor de mi familia se utilice para montar cortinas de humo. Lo que ha circulado desde el entorno de Álvaro Uribe Vélez es irresponsable y profundamente irrespetuoso. No se puede jugar con la reputación y el buen nombre de nadie, como se hizo con el mío. Los señalamientos contra el Gobernador @LuisAlfonsoEsc basados en un anónimo, son infundados. Y algo más, es un abuso del Centro Democrático, de su jefe y de su candidata utilizar el nombre de mi hijo Miguel en su campaña” (ver). Desde el comienzo hasta el final, este episodio, ejemplo de imprudencia mayúscula y de falta de criterio del medio, la periodista, la persona que le filtró la murmuración, pero, ante todo, de quien fuera presidente de la República, demuestra que el desespero por hacerse al poder público está empujando la campaña electoral hacia un abismo en que se cierran las alternativas: se vence o se muere. O peor: ¿se mata para vencer?
