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Una primera revisión de los resultados de las votaciones del domingo pasado podría indicar que el Pacto Histórico, su jefe, Gustavo Petro, y su candidato presidencial, Iván Cepeda, han consolidado su posición en las preferencias de un cuerpo tan sólido de electores, que ya tienen asegurado su predominio en el Congreso de la República y su continuidad en la Casa de Nariño. No es para menos: mientras Cepeda mantiene, hasta ahora, su favorabilidad en las encuestas con alrededor de un 30 %, el Pacto se ha constituido en la primera fuerza parlamentaria tanto en Senado (25 curules) como en Cámara (40), muy por encima del partido más próximo a esos guarismos, el antagónico Centro Democrático (CD) que eligió a 17 senadores y 28 representantes. Aun cuando el número de sillas definitivas en el Capitolio puede variar al cierre de los escrutinios, la composición del Legislativo 2026 – 2030 garantiza, desde ahora, la incidencia de la izquierda en la agenda política y normativa del país. Pero, ¡cuidado! El triunfalismo, el aislacionismo y la soberbia, que parecieran connaturales al poder presidencial, son los enemigos del éxito en las urnas, el único que vale en contiendas de este tipo.
Lejos de lo que se ha oído en ambientes diversos, Álvaro Uribe Vélez no es un líder decadente para su colectividad; no está liquidado ni se ha debilitado ante sus “feligreses”, como se creyó cuando la pareja compuesta por dos de sus copartidarios más leales —el vocero gremial ganadero José Félix Lafaurie y la senadora María Fernanda Cabal— desafió la orden de acatar el nombre de Paloma Valencia como candidata oficial del CD a la Presidencia. Levantarle la voz a Uribe fue impactante por novedoso e inesperado. Y tiene un simbolismo nada despreciable por cuanto sus efectos podrían notarse más adelante, pero lo cierto es que, de manera inmediata, no produjo un cisma: nadie acompañó en su reclamo —por demás, justificado desde su punto de vista— a Cabal, quien se vio obligada a marginarse, solitaria, de la actual campaña. La irrupción electoral del chabacán de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella, aparentemente para reforzar la franja más extremista del uribismo pero con la clara intención de organizar su toldo y de imponerle, en público, al expresidente su candidatura, tampoco hizo mella en la estructura del CD.
El “abuelo cansado” se dedicó, entonces, a recorrer calles y pueblos con su poco carismática candidata, llevándola bajo su ala, casi a rastras. Logró que sus miles de adoradores (los de Uribe), mismos que ella nunca conseguiría por cuenta propia, la escucharan. En simultáneo, el politiquero tradicional que pervive en el jefe del CD, pese a su discurso engañoso, incentivó el ingreso de Paloma Valencia al variopinto grupo de precandidatos de supuesta centroderecha, unificado en la denominada Gran Consulta por Colombia. Todo el mundo —incluyendo a los otros ocho precandidatos— sabía que la senadora uribista sería la ganadora absoluta en la jornada del pasado domingo. Pero, como borreguitos, simularon competir en una carrera imposible de superar: los votos disciplinados del uribismo militante enfrentados a ocho individuos con ganas de figurar, aunque sin ninguna organización electoral que los acompañara. Daba risa la parodia. Como sea, el viejo zorro consiguió, con esa precompetencia, lo que planeó en la mansión campestre en que reside: transformar la huella temible de su pasado regional, de sus dos gobiernos nacionales y el lastre histórico de lo ocurrido en esos tiempos, es decir, las presuntas alianzas paramilitares, las persecuciones políticas, las desapariciones y los miles de “falsos positivos”, en una cara de mujer de centroderecha por quien será más fácil que voten los ciudadanos alejados del extremismo temible.
Siendo realistas, hay que aceptar que el calculador Uribe Vélez desarrolla cabalmente sus planes y que debe estar preparando sus próximas movidas: aun si el amenazante De la Espriella y el peligroso combo de escuderos vengativos que acompaña a ese personaje no se pliegan al maquillado CD, su jefe intentará concertarse, para la primera vuelta presidencial, con el liberalismo, el conservatismo, Cambio Radical y la U para multiplicar los 3 millones, 300 mil votos de su candidata. Se haría, así, a la Presidencia de Colombia con una “duque” versión 0.2 pero más dócil y eficiente, ante sus órdenes, que el Duque original. Entre tanto, los pactantes de la izquierda, al parecer dormidos en sus laureles, dan por hecho su dominio en las urnas. Por eso, no han activado estrategias de expansión electoral ni han iniciado contactos en búsqueda de alianzas con sectores que tranquilicen a los ciudadanos temerosos del “coco” del comunismo, propagado por sus maledicentes contradictores. Mientras la ultraderecha se disfraza de inocencia y acapara a los votantes moderados, la izquierda se enconcha sobre sí. En algún momento, ¿abrirá los ojos o dormirá hasta 2030?
Entre paréntesis. Si Juan Daniel Oviedo es la nueva figura del centro político, ¿en cuál coto electoral cabrán Sergio Fajardo y Claudia López?
