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El reportero Juan Guillermo Ríos y la libertad de prensa

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Cecilia Orozco Tascón
09 de septiembre de 2026 - 12:50 a. m.
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Acaba de anunciarse el fallecimiento del periodista Juan Guillermo Ríos, un reportero de toda la vida pero, además, un presentador de noticias —tal vez el primero en Colombia—, que se comportaba como un desparpajado animador de televisión, una combinación, hasta ese momento, impensable en el campo del periodismo profesional. Competía, así, con otros espacios y canales, en crecimiento de sus audiencias ¡Y con cuánto éxito! A los televidentes más formales de mediados de los 80 no les agradaba el estilo de Juan Guillermo. Lo juzgaban vanidoso, exhibicionista e irresponsable. Sin embargo, la gran mayoría de espectadores caía atrapada por sus coloridas vestimentas, el magnetismo de su gesticulación cuidadosamente ensayada y las inflexiones que le daba a su voz cuando se despedía, siempre, con la misma frase: “Paz, amor y… buen genio”. Cada noche terminaba sus intervenciones de ese modo, mientras inclinaba, levemente, su cuerpo hacia adelante, en ademán de acercarse a las cámaras como para darles la mano a sus miles de seguidores. A finales de 1985, el histórico Noticiero de las 7, criticado entonces por la presencia en el set del director, de elementos extraños al formato noticioso (cantantes, víctimas de robos, niños perdidos, etc.), arrasaba a sus rivales: tenía, según registros de las firmas que analizaban las audiencias, el 75% de la sintonía nacional. Juan Guillermo llegó a acumular tanto poder que se codeaba con el presidente de la República, Belisario Betancur, con sus ministros, con el procurador General y con todos los actores públicos de importancia en el país. También tenía interlocución con los líderes de la guerrilla más “popular” de la época, el M-19: Bateman, Fayad, Almarales, Toledo, lo consultaban, así como el propio Gobierno, sobre el curso del proceso de paz que el presidente Betancur había abierto con la esperanza de lograr “una tregua” de hostilidades entre el Estado y los rebeldes.

Juan Guillermo no solo era un personaje histriónico. Consciente de su influencia social, decidió usarla. Y lo hizo con audacia. Por ejemplo, cuando transmitía, casi sin edición, sus largas entrevistas con los jefes guerrilleros. O estaba convencido de que la vía pacífica le serviría al país más que los permanentes conflictos armados; o había sido seducido por el halo de Robin Hood —el ladrón que roba a los ricos para darles el dinero a los pobres— que rodeaba a Bateman y compañía. No obstante la relevancia de quien era director del Noticiero de las 7 y su socio en un 25 %, la posición de Ríos en materia tan espinosa como la del trato que debía dárseles a los “bandidos comunistas” acercó, demasiado, su figura al fuego exterminador de la sempiterna ultraderecha que ha mantenido, a lo largo de los siglos, el don cíclico de mimetizarse en tiempos adversos para reaparecer en épocas propicias. Sus voceros podían soportar a un periodista populachero pero no a un reportero “subversivo”. Como Colombia recuerda dolorosamente, esta nación se estremeció en noviembre de ese año 85, con la toma, por parte de un comando del M-19, del Palacio de Justicia con los magistrados en su interior. Las horas siguientes con la retoma militar fueron tan angustiosas como las de la toma guerrillera. En la confusión por el ingreso de los uniformados con carrotanques a la edificación, los disparos indiscriminados y las llamas que consumían muros y seres humanos, el Noticiero de las 7 bajo la conducción, al aire, de Ríos, y Caracol Radio, con la dirección de Yamid Amat entre otros medios y periodistas, transmitían lo que percibían sus reporteros desde la carrera Séptima. Aunque siempre lo ha negado, la ministra de Comunicaciones de entonces, Noemí Sanín, conminó al periodismo nacional a dejar de informar sobre los sucesos dramáticos del Palacio, so pena de perder las licencias de funcionamiento que controlaba el Estado. Tanto Juan Guillermo como Yamid confirmaron cómo el Gobierno civil, sometido a los mandos militares, les ordenó suspender las noticias y, en su lugar, transmitir partidos de fútbol. Pero la censura no terminó ahí. Al menos para el director del Noticiero de las 7.

El hiperpoderoso presidente de la ANDI, Fabio Echeverri Correa, un hombre generoso con aquellos que consideraba cercanos a su círculo, pero dictatorial e implacable con el resto del mundo, venía atenazando a ese medio y a Ríos. Aunque sin nombre propio, Echeverri “invitó” a los empresarios afiliados a su asociación a que “evaluaran, supervisaran y revisaran la destinación que se haga de sus presupuestos de publicidad”. Encontré el registro de un extraordinario documento que detalla aquel episodio que terminó, en cuestión de horas, con el retiro obligado de Juan Guillermo (ver) de su cargo y también de la sociedad que había armado con Felipe López Caballero (también propietario y director de la antigua revista Semana). Felipe contó, años después, que, en menos de 24 horas, los numerosos anunciantes del Noticiero de las 7 suprimieron sus órdenes publicitarias. La junta directiva, en reunión extraordinaria, llamó a Ríos y le solicitó su renuncia. Ante su negativa, lo despidieron tanto del manejo periodístico como de la sociedad. Programar Televisión, como se llama la empresa propietaria de ese medio, todavía existe. Y el informativo se mantuvo muchos años más. En cambio, la fulgurante carrera de Juan Guillermo se marchitó. Fabio Echeverri demostró que los medios se doblegan ante la presión de la pauta. La libertad de prensa, aún con los excesos de Ríos, quedó expuesta en su fragilidad. No debe haber sido casualidad que el reportero que, de todos modos, habitaba en Juan Guillermo, hubiera preferido morir en este preciso momento político del país, cuando el Gobierno de turno pretende avasallar al mundo periodístico y, también, al empresarial, incluida la ANDI.

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Siniestro lo que ya está en movimiento contra la Libertad de Prensa, un mes y ya las rodillas han caído al piso junto a los besos a los zapatos del filo-paraco. Gracias, Cecilia Orozco.
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