Las impresionantes imágenes de Donald Trump, ensangrentado y arrastrado en medio del caos, los gritos y el desconcierto, por agentes de seguridad que intentaban ponerlo a salvo de las balas que silbaban a su lado, hubieran podido presentarse en cualquiera de nuestros escenarios políticos: aunque pretendamos hacer caso omiso del pasado, la historia de Colombia está plagada de magnicidios de candidatos y personajes significativos para la sociedad. En Estados Unidos murieron víctimas de atentados, los presidentes Lincoln (1865), Garfield (1881), McKinley (1901) y Kennedy (1963); fueron heridos por sujetos armados pero sobrevivieron, Roosevelt (1933), Truman (1950), Ford (1975), Reagan (1981) y Bush (2005). Dramáticamente, aquí no nos quedamos atrás en número y atrocidad de crímenes mortales en contra de aspirantes a la presidencia: Rafael Uribe Uribe (1914), Jorge Eliécer Gaitán (1948), Jaime Pardo Leal (1987), Luis Carlos Galán (1989), Bernardo Jaramillo (marzo, 1990) y, con apenas un mes de diferencia, Carlos Pizarro (abril, 1990). Fueron asesinadas, también, personalidades cuya desaparición temprana trazó otra honda cicatriz en la conciencia nacional: el ministro de Justicia Rodrigo Lara (1984), el director de El Espectador Guillermo Cano (1986), el líder de izquierda Manuel Cepeda (1994), el líder conservador Álvaro Gómez (1995), el general y exministro de Defensa Fernando Landazábal (1998), el periodista y humorista político Jaime Garzón (1999). La lista no termina con ellos.
Las palabras del presidente Biden, en la alocución que pronunció horas después para rechazar el ataque que sufrió su competidor electoral con quien deberá enfrentarse en noviembre de este año, parecerían dichas para este país que vive de incentivar los odios y que premia con votos y aplausos de admiración a quienes tengan mayor capacidad de humillar, ofender, injuriar y calumniar a sus contrarios. Entre otras frases de Biden, traigo estas: “Compatriotas, quiero hablarles esta noche [del domingo pasado] sobre la necesidad de que bajemos la temperatura… La política no es un campo de muerte… No importa la fortaleza de nuestras convicciones, nunca deben caer en la violencia… Es hora de calmarse… Las diferencias se resuelven en las urnas, no con balas”. El atentado contra Trump tiene otra similitud estremecedora con nuestras tragedias: la tarima preparada para que lo escucharan sus seguidores, el mitin realizado al aire libre en una ciudad pequeña, los hombres de sus esquemas de protección que lo rodeaban, y el momento inicial del evento en que se presentó la balacera, traen a la memoria, por sus semejanzas, las escenas del ataque en que perdió la vida el virtual presidente de Colombia en el cuatrienio 1990–1994, Luis Carlos Galán Sarmiento.
El 18 de agosto del 89, en plena campaña presidencial, el equipo asesor del candidato programó una manifestación con sus votantes en Soacha, municipio a pocos kilómetros de Bogotá. Los coordinadores del evento levantaron una tarima en la plaza central. Galán llegó en medio de sus seguidores y subió a la rústica plataforma acompañado de sus agentes de seguridad mientras era empujado por una multitud informe. Segundos después se escucharon disparos. Los escoltas civiles y uniformados sacaron sus armas buscando al atacante sin éxito; rodearon el cuerpo del líder caído, lo levantaron y entre la confusión reinante lo llevaron a su vehículo para trasladarlo a un hospital (ver). Hay diferencias, por supuesto: la muerte casi inmediata del candidato colombiano frente a un Trump con heridas menores; 35 años de distancia temporal así como de desarrollo de la localidad en cada caso y, sobre todo, el abatimiento inmediato del agresor de Trump mientras los asesinos colombianos y los conspiradores de cuello blanco que los contrataron, fueron cubiertos, durante décadas, con impunidad. Estados Unidos está conmocionado por el ataque al todopoderoso de su nación y con razón. Irónicamente, Trump es, hoy, víctima de su propio invento: la violencia que incentiva en cada uno de sus discursos. En Colombia estamos recorriendo el mismo camino. La irracionalidad, la incapacidad de comprender a los otros, la facilidad con que rompemos las normas de la convivencia, ponen al país al borde de un magnicidio. Tal vez tengamos menos suerte que Trump. “Es hora de calmarse”.