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QUIENES NO LO CONOCIERON SINO por sus columnas, o quienes lo criticaron porque no estaban de acuerdo con sus posiciones, se perdieron al mejor amigo que hubieran podido tener: leal, tolerante con las diferencias, solidario en las buenas y en las malas, espléndido anfitrión, generoso con los empleados y siempre preocupado por el bienestar ajeno. Así era Roberto, un ser humano mucho más valioso que su sola influencia de periodista —que era abundante y merecida.
Paradójicamente su excesiva bondad fue, para él, fuente de conflictos en los espacios de su vida profesional, donde gente astuta y calculadora solía moverse por las conveniencias del momento, así tuviera que traicionar al colega fiel. Por apoyar al compañero caído en desgracia o al dirigente de su liberalismo, no pocas veces fue víctima de gestos desdeñosos, insultos en la calle e infamias anónimas en las páginas web. Así le ocurrió, por poner un ejemplo notable, durante el gobierno de Ernesto Samper, de quien era pana, tiempo antes de que se le pasara por la cabeza que éste iba a ocupar la Presidencia de la República.
Entonces, D’Artagnan corrió riesgos enormes que incluían el de perder el prestigio y la vida, como lo indican las numerosas amenazas que recibió, y que tuve oportunidad de leer.
Contrario a lo que se publicó en esa época, la actitud de los opositores de la prensa era, de lejos, más cómoda y popular que la de Roberto, solitaria en medio de un clima que no permitía pensar distinto. Gran costo pagó el columnista por difundir sus creencias: lo menos doloroso que le pasó fue que lo aislaron, en los círculos que le habían sido familiares desde la niñez. Bueno, aislarlo es un decir. Intentaron hacerlo. En verdad, les quedaba muy difícil lograrlo, porque con su calidez y su incapacidad de guardar rencor, rompía, incluso, bloques de hielo. Por eso no era raro que sus peores críticos llegaran a su casa a tomar vino y a comer manjares, en la noche, y en la mañana encontraran su firma en un escrito que los sacaba, de nuevo, de quicio.
En esas ocasiones Roberto se reía con la cara de niño que nunca lo abandonó, imaginándose la reacción de los otros. Era explicable la pilatuna porque cuando escribía no tenía dobleces. Iba directo al punto, sin pensar si eran viables sus propuestas o no. Lo que le importaba era reconocerles su lugar a los personajes que, a su juicio, no habían recibido el puesto que les debían por su trabajo político. Le valía un higo si lo creían desquiciado. Lo cierto es que las personas que nombraba en su espacio de los domingos, se sentían halagadas y quedaban agradecidas para siempre porque ser mencionado por Roberto equivalía a obtener un pasaporte social VIP.
La vida fue injusta con D’Artagnan: no tuvo tiempo de ver crecer a sus chiquitos y no le hacía daño a nadie. En cambio alegraba a mucha gente. Si produjo algún escozor con sus análisis, fue involuntario. Doy fe. Y era tan desprevenido, que no demoraba en aceptar sus equivocaciones. Los máximos galardones del periodismo a la Vida y Obra que le fueron otorgados por el Premio Nacional Simón Bolívar y por el CPB, no alcanzaron a darle el mérito que consiguió con creces en su paso por esta tierra. Al “Grupo Caspa” —como él nos denominaba burlonamente, por los temperamentos difíciles de quienes lo componemos— nos va a hacer falta Roberto, por su llana manera de ser.
