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La mezquindad de Duque

Cecilia Orozco Tascón

10 de agosto de 2022 - 12:30 a. m.

El país entero, tanto los 100.000 asistentes a la transmisión de mando del 7 de agosto, como otros millares de colombianos que estaban en sus casas pegados del televisor o del computador para seguir la transmisión en directo; quienes trabajamos ese día por razón de nuestro oficio; los invitados especiales; los jefes de Estado visitantes y hasta el rey Felipe VI, presente en la Plaza de Bolívar, entramos en estado de suspenso durante unos 15 minutos. Fue una situación incómoda, cortante, que los organizadores de la ceremonia resolvieron con música de gran calidad que, por fortuna, habían contratado. El presidente Petro se veía tranquilo pero su gesto adusto e insistentes miradas hacia el extremo derecho de la plaza dejaban traslucir su molestia. Por fin aparecieron cuatro custodios ataviados a la usanza militar de finales del siglo XVIII con la urna y, en esta, la espada de Bolívar. O, al menos, la espada que ha sido conservada, desde 1924, con ese título. La ceremonia continuó cuando la emblemática arma fue depositada en la tarima principal, frente a la multitud que vociferaba como si viera un milagro. Entonces Petro se levantó y dio inicio a su discurso. Los responsables de los preparativos respiraron hondo: el acto no se había echado a perder. Por el contrario, los enigmáticos minutos de vacío habían magnificado el simbolismo que él quería darle a su momento.

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Detrás de escena quedaba un acto de mezquindad, no el único pero sí el último que hizo Duque como presidente de la República para embarrar la posesión de su sucesor, reducir su significado popular e impedir que su deseo de tener a su lado el preciado objeto del Libertador se cumpliera. De acuerdo con los relatos fragmentados que se han publicado, el propio Duque, con su cuerpo envarado de vanidad que lo caracteriza desde cuando se creyó dueño y no pasajero del poder, fue quien, días antes del cambio de gobierno, le mostró al nuevo jefe de Estado la urna, en la visita protocolaria que le hace siempre el mandatario entrante al saliente. No se sabe si ese fue el preciso instante en que a Petro se le ocurrió hacerse acompañar, públicamente, del relicario. Pero sí se conoce, con fechas exactas, que su equipo encargado de los preparativos del 7 de agosto tramitó su deseo ante la Casa de Nariño y cumplió las exigencias sobre la compra de pólizas y otros requisitos; se organizó el traslado, se seleccionó a los guardias que la cargarían y se determinó la ruta que tomarían. No obstante, el rumor, entre los periodistas obsecuentes del gobierno pasado, empezó a difundirse: la espada no saldría del palacio presidencial.

El órgano propagandístico del uribismo lo publicó con gran certeza horas antes: “Primicia: la espada de Bolívar no estará presente en la posesión presidencial como quería Gustavo Petro ¿por qué? (sic)”, tituló una nota en que anunciaba que el grupo “a cargo del evento no logró el permiso para sacarla ... de la Casa de Nariño”. No obstante, en las mismas líneas daba el valor de los seguros adquiridos e informaba que se habían presentado, también, otros obstáculos en la Cancillería y hasta añadió que el empalme entre las esposas de los mandatarios “no ha sido del todo amigable”. Sin embargo, el presidente Petro, según contaron unos testigos, confiaba en que la espada llegaría a su posesión hasta cuando iba subiendo las escalinatas del Capitolio y alguien, a su lado, le confirmó que la orden de Duque, dada a las siete de la noche del día anterior, se había ratificado: que la reliquia no se moviera de su sitio. Fue entonces cuando decidió posesionarse, asumir y hablar como nuevo jefe de las Fuerzas Armadas: “Esta espada tiene tanta historia que hoy sumará una más sobre por qué se demoró en llegar a esta plaza. Como presidente de Colombia solicito a la Casa Militar traer la espada de Bolívar, una orden del mandato popular ...”. Un militar de alto rango resolvió el problema: le dio instrucciones al atemorizado custodio principal de la urna de permitir su arreglo por las profesionales expertas en conservación patrimonial que la depositaron en otra urna transitoria, llevarla a la plaza y regresarla a su lugar. En los videos que alguien grabó a la hora en que empezaba la ceremonia, sobre las tres de la tarde, consta que, ya con sus maletas esperándolo en la puerta de atrás, a Duque se le “ocurrió” ir a plantarse frente al custodio principal, para decirle, intimidante: “Proceda usted conforme a la ley ... cuando esté el personal listo para ... proceder ... una vez se cumplan todos los requisitos”. Y haciéndose notar, ya sin mirarlo, añadió: “Me avisa” (ver). Entre tanto, Petro asumía y empezaba a deshacer las arbitrariedades de quien lo antecedió. Duque, mezquino hasta el último minuto.

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