Digámoslo con claridad, aunque lluevan los insultos: el evento de toma de juramento del presidente de la República fue un espectáculo estrambótico y desordenado. Puede decirse que pasamos vergüenza ante los personajes internacionales que llegaron –a pesar de que entre ellos estuviera Javier Milei, quien también hace sonrojar a los argentinos con fundamento–. Ante todo, el acto de posesión de De la Espriella careció de la solemnidad que debe tener la ceremonia de asunción de un jefe de Estado. El escenario elegido a las volandas, quién sabe cómo ni por quién, era el auditorio de uso comercial de una universidad privada en cuyo pasado existe una mancha de dineros narcos, como todo el mundo sabe en Cali. Al margen de ese “detalle” inapropiado, puesto que retrae el capítulo más oscuro del país, el lugar que escogió el círculo del mandatario era un teatro de amplias capacidades, pero nada más que eso. El llamado auditorio Arena no alcanza, ni de lejos, a guardar la historia o a tener la majestad arquitectónica del Salón Elíptico del Capitolio o de la Plaza de Bolívar, en donde han sido ubicados, con sujeción a un protocolo estricto, los invitados especiales de varios presidentes que iniciaban su cuatrienio. Contrario a la admiración que seguramente esperaba causar, el nuevo jefe de Estado no logró el resultado que buscaba cuando puso en marcha sus caprichos irracionales. Francamente, la función se notó postiza e improvisada por varios hechos: primero, por el ingreso de los asistentes y del mismo mandatario a través de un corredor que lucía feo, estrecho y, peor, atiborrado de una multitud de cámaras, de curiosos y de los lagartos que nunca escasean (¿Nadie pensó en la seguridad del rey de España, de los mandatarios extranjeros o del mismo De la Espriella?); segundo, por una escenografía elemental de entretelones hechos a última hora, una mesita insignificante en la que se amontonaron los secretarios del Congreso, y unas sillas de poca factura para los personajes que disimulaban su incomodidad; tercero, por la desangelada entonación del himno de Colombia sin acordes musicales que fueron ahogados, a propósito, para que la voz de la cantante le robara la importancia a la composición que nos representa como Nación. Y, por último, por los sermones, totalmente fuera de lugar, de varios religiosos metidos en política.
Sin embargo, nada de lo anterior se compara con el instante cumbre del show.
El legendario mago Houdini (1874–1926) estaría envidioso del acto de ilusionismo que ocurrió en un parpadeo: el protagonista del espectáculo desapareció al tiempo con un apagón en el teatro (ver). En un movimiento de audacia irrepetible en el planeta Tierra, el cuerpo astral y físico de De la Espriella reapareció en el Batallón Pichincha frente a unos soldados cuya inmovilidad semejaba la de las figuras falsas de escenografía. Con ese “público” silente como testigo, el recién posesionado líder de Colombia pronunció el discurso inaugural de su periodo presidencial, en medio de la atronadora mudez de las filas militares. Pero la estrategia del asombro no terminó ahí. La imagen y la voz del nuevo jefe de Estado volvieron al auditorio Arena para que, quienes fueron a su posesión después de tomar vuelos de 8 ó 10 horas, pudieran ver lo que sucedía en el batallón… a través de una pantalla. Si lo hubieran sabido, es seguro que los mandatarios extranjeros, incluido el rey Felipe VI, se habrían ahorrado el viaje y se habrían conectado desde sus despachos con una simple videollamada. ¡Y les hubiera dado igual! Tal vez por eso varios se retiraron antes de concluir la parodia.
Pero, si ya no fuera suficiente, después de finalizar el discurso ante la nada, continuó el último episodio de la comedia con el desfile de reconocimiento que las tropas le rinden a quien, a partir de su juramento, es el comandante supremo de las Fuerzas Militares y de Policía. Al respecto, alguien que le diga ¡por favor! a De la Espriella que el saludo entre uniformados no puede ser maña de civiles delirantes, por respeto con las armas del Estado; que si aún así, decide continuar utilizándolo, considere que ese es un gesto que “se ejecuta por iniciativa del subalterno hacia el superior… [y que] se inicia tres pasos antes y termina tres pasos después de que el superior haya pasado”. No al contrario: el presidente de la República no le rinde acatamiento a sus inferiores como lo da a entender cuando, en su ignorancia, sube la mano ante los oficiales. Si se observa el video de la posesión, cualquiera notará que el ministro de Defensa, un general de larga carrera, mantiene sus brazos abajo ante los uniformados presentes (ver). De todos modos, un jefe de Estado debe conocer la manera correcta de ejecutar el saludo militar, sobre todo si decide seguir jugando con ese símbolo: la mano que se levanta no se pone sobre la ceja y a milímetros del ojo, pues no se trata de pincharlo. Según un instructivo del Ejército que se titula Saludo militar a los símbolos patrios (nov/23) “se eleva con energía la derecha, con los dedos unidos de forma que el dedo del corazón y anular queden a la altura de la sien (atención, presidente: de la sien) y se roza ligeramente… el borde inferior del cubrecabeza (gorro o boina)… la palma de la mano da frente al pómulo derecho, y la mano y el antebrazo forman una línea recta” (ver). Después de lo visto, todo indica que De la Espriella todavía no suelta la puesta en escena característica de su campaña, y se niega a entender que esta llegó al tope de su eficiencia. De ahora en adelante, acéptelo o no, todo será un golpe brutal de realidad.