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La suerte de Colombia, en manos de los mismos

Cecilia Orozco Tascón

16 de marzo de 2022 - 12:30 a. m.

La renuncia de Óscar Iván Zuluaga es hilo del libreto uribista para estas elecciones en que peligra su hegemonía debido a la mediocridad de Duque. Y desarrolla la trama calculada por el amo de las voluntades de quienes conforman el poder de la ultraderecha colombiana, una ultraderecha que no se reconoce como tal hacia afuera, en donde se muestra condescendiente y “demócrata” con los opuestos, pero que se vuelve feroz y sanguinaria cuando se destapa hacia dentro en sus conciliábulos. (Habrá que reconocerle a María Fernanda Cabal que revela más que los demás y en altavoz el tipo de odios que la impulsan a desaparecer a todos aquellos que no estén de acuerdo con sus esquemas de vida). El pobre Zuluaga, presunto aspirante presidencial como cada cuatro años, baila, otra vez, al son que le toca Uribe: permite que lo unja como el elegido partidista y permite que le quite ese rótulo cuando se lo ordene.

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El país entero ha sabido, desde el inicio de esta campaña, que el candidato del imputado exmandatario es y siempre fue Federico Gutiérrez como lo fue también en época de la disputa por la Alcaldía de Medellín (2015), cuando el hombre del partido de Uribe, en modo oficial, era Juan Carlos Vélez pero, también, cuando los adoradores del ídolo de barro, que se mueven como zombis, habían sido instruidos de que debían ir a las urnas a votar por el “independiente” de un efímero movimiento personalista. Creemos, se llamaba. En aquel momento y, también, cuando terminó el cuatrienio, Gutiérrez era calificado por los paisas conocedores de su ambiente como un proyecto del uribismo. Hasta El Colombiano, periódico tan cercano al corazón del jefe político del conservadurismo extremo, lo pronosticó hace ya tres años: “La aceptación que tiene el alcalde y su cercanía con el Centro Democrático podrían, según algunos uribistas, tener pensando al expresidente Álvaro Uribe, quien vería en él a un político relevante para futuras elecciones” (ver).

Gutiérrez, pese a su aparente bonhomía, juega duro si le toca. Por sus características —simpático, rápido para responder sin decir nada de fondo y aparentemente comprensivo siendo represivo—, pinta para ser el segundo Duque del titiritero: facha de querido, como decimos en lenguaje coloquial, preciso lo que necesita Uribe, ahora que su teflón se resquebraja y que la gente de la calle, la de las clases pobres y medias, está harta de politiquería, de la corrupción que campea, como siempre, peor aún en esta administración uribista y con pandemia, y de promesas de un futuro mejor que nunca llega. Los dos millones y poco más de votos del exalcalde Gutiérrez no son de él. O, más bien, no son por él. Son por Uribe y lo que resta de su enorme popularidad ya fenecida. El cuento de no votar en la consulta fue otra farsa de campaña que se encargó de traducir en su correcto sentido: “Voten todos por Fico”, dijo la senadora Cabal cuyo volumen de apoyos para el Congreso es una muestra de que el extremismo de la derecha política y económica del país hará cualquier cosa para impedir el triunfo presidencial de Petro. Quiero equivocarme, pero creo que “cualquier cosa” incluye métodos ilegales, ojalá no criminales.

La reunión de urgencia a la que sospechosamente citó a sus bancadas saliente y entrante el rudo Uribe, “de la manera más respetuosa”, era para afinar la otra parte de su estrategia de volver a elegir presidente, ahora, en versión cuerpo semiajeno, si se decide que será mejor continuar con la apariencia de adhesión a Gutiérrez como un candidato externo o se lo incorporan de una vez. El estratega mayor debe estar pensando cuál es el mejor movimiento para facilitar la suma de los otros partidos de la política tradicional: los conservadores, los liberales, la U, Cambio Radical. ¡Quién lo creyera! Hoy, días después de las elecciones, con una izquierda robustecida por los votos de los desesperanzados y con un Petro representándolos, el panorama electoral se revuelve pero no como se cree, hacia una improbable revolución del statu quo. En este escenario, sube su precio el cinismo; sube el valor de César Gaviria con su tienda de votos de los 15 senadores y 32 representantes, y sube el precio de Germán Vargas Lleras cuando negocie la porción de Cambio Radical que todavía lo considera jefe. La suerte de Colombia, en manos de los mismos de siempre. No hay razones para pensar lo contrario.

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