Los colombianos vamos a salir de esta campaña presidencial muy estropeados, aporreados en el espíritu nacional, ya no digamos por la bajeza que han desplegado, en las redes sociales, las bodegas de todos los bandos, que no actúan desligadas de las estructuras formales de las campañas como se piensa, sino por las estrategias cada vez más sucias para asaltar a los electores en su ingenuidad pero sobre todo en sus necesidades. La ecuación es maléfica: a peor candidato, mayor el tamaño de los embustes para posicionarlo como el portento de dirigente que el país necesita. El poder político tradicional, desesperado porque se le pueden escapar de sus manos los negocios públicos con los que se han enriquecido sus integrantes —incluyendo a varios expresidentes y a sus hijitos, todos multimillonarios—, viene adhiriendo a cualquier mediocre que se le aparezca en el camino pues, en medio de su abundancia, olvidó el rigor y la disciplina que requiere el intelecto de cualquier grupo humano para prepararse y evolucionar.
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Así, en lugar de aparecer al lado de un candidato docto en derecho, en el funcionamiento del Estado y de las leyes como los tenía en época pretérita —diga usted un Lleras Camargo, un Lleras Restrepo o un López Michelsen—, el poder político tradicional, reitero, ha preferido hacerse representar, sin asco, por uno que se “limpia el c...” con el derecho, el Estado y las leyes, como lo describe, en portentosa columna, el jurista Yesid Reyes (ver). Ese poder político se siente bien con la vulgaridad de Rodolfo Hernández como estuvo cómodo con Gutiérrez, el tosco. Con tal de conservar sus ventajas, no importa que Colombia pase de pobre a miserable. Del Uribe capataz que nos hizo retroceder décadas en materias de civilización, pasamos —después del interregno del Acuerdo de Paz de Santos— a un Duque de mente atolondrada, a un arrogante que se hizo tender, en medio de su enorme impopularidad, 300 metros de tapete rojo desde la Casa de Nariño hasta el centro de la Plaza de Bolívar, para que sus brillantes zapatos y las botas texanas, bien visibles, de su esposa no se ensuciaran con el barro de las alpargatas de sus compatriotas humildes. Y después de Duque, de quien supusimos que era la máxima expresión de la falta de méritos en la Presidencia, caímos en lo que estamos ahora: en la posibilidad de que un ignorante entre los ignorantes, un atarván entre los atarvanes con graves investigaciones por corrupción, ¡ascienda al solio de Bolívar!
El fin de semana pasado reportamos —en Noticias Uno— varias informaciones que parecen copiadas de las historias de García Márquez. La primera: encontramos que el estratega publicitario de Rodolfo Hernández, Ángel Becassino (antes contratado por el senador Petro, antes por Peñalosa y etc.), fue el autor de una noticia fabricada hace 20 años. Un precursor de las fake news. Pretendía demostrar que, desarrollando un buen plan, la gente creería lo que fuera. Y lo logró. En un programa de radio que él realizaba, ensayó con los incautos que lo escuchaban. Entonces, con un grupo de amiguetes, inventó que una imagen de la Virgen había aparecido en la pata de un pollo frito. El “milagro” se difundió en las portadas de varios medios cómplices y la presunta imagen sagrada llenó los titulares hasta posando al lado el papa en lo que terminó siendo una ridiculización de la fe católica de quienes empezaron a “ver” a la madre de Jesús en las pollerías (ver). Becassino dice, hoy, que se trató de un performance, una actuación artística. El hecho es que el autor de la pata virginal de un pollo es el mismo que ha hecho ver a Hernández como si fuera un santo que se nos apareció, descendiendo del cielo, para salvarnos de los males que nos aquejan. Consta en videos cómo el futuro probable presidente de la República repite como lora lo que Becassino le sopla al oído. La segunda información extravagante es que, ante la indignación que produjo la bocaza del candidato de derechas en la Iglesia, después de que afirmara, en una entrevista reciente: “Recibo (los votos) de la Virgen y de las prostitutas que vivan en su barrio”, la muy sofisticada Íngrid Betancourt permitió que la grabaran de la campaña de Hernández mientras le pedía perdón en voz alta a una figura de María por la grosería de su candidato (ver). Vea usted, hasta la máxima figura femenina del catolicismo salió a “bailar” en esta grotesca campaña. Ramplonería pura y dura a falta de inteligencia, entendimiento, pudor político y respeto.