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Aunque ya poco se acostumbra en estas tierras, me ciño a mis principios éticos y declaro mi impedimento para participar en la áspera batalla que ha enfrentado, recientemente, a medios, periodistas y columnistas, por un material de denuncia electoral publicado en un canal oficial, al que unos le dan toda la credibilidad del caso mientras otros lo ven como un invento. Declaro mi impedimento por una condición simple pero fuerte que, repito, no parece importarles a muchos, a pesar de que, a mi juicio, constituye un cipote obstáculo: tengo relaciones contractuales con uno de los medios comprometidos en la controversia. De este modo, cualquier posición que asuma será mal interpretada. Así que me abstengo. Además, hay que decirlo con franqueza, esa disputa ha sido improductiva porque se concentró en la exaltación o descalificación de los egos y dejó de lado la relevancia del asunto: ¿es cierto o no que en la actual contienda por la Presidencia de la República se han organizado “paracampañas” o campañas subterráneas, sin conexión directa con las oficiales, con el fin de “capturar”, ilegítimamente, el ánimo y la adhesión de numerosos grupos de electores a un candidato o candidata? Pero, ante todo, ¿es verdad o falso que esa adhesión se está logrando mediante triquiñuelas emocionales como la de manipular los miedos y las urgencias económicas de la gente?
Para empezar, hay que decir que, si se corrobora que un fenómeno como el que describo está presente en Colombia en estas semanas previas a la primera y segunda vuelta, no sería nada raro. A pesar de que no se admita en voz alta, los políticos cínicos del mundo entero (que son la mayoría), aceptan que es inevitable apelar al lado oscuro de las tareas de tiempos de votaciones, cuando se quiere garantizar el manejo del Estado, de su enorme poder de mando y de sus multimillonarios recursos. Maquiavelo enseñó, en el siglo XV, dos de sus más famosos axiomas: uno, el fin (ganar las elecciones) justifica el uso de cualquier medio. Y dos, hay que eliminar al príncipe que “usurpó” el poder (y a su sucesor). El alumno aventajado del filósofo florentino en nuestra era, Donald Trump, manipuló, durante su campaña, los sentimientos de sus electores de manera tan diestra, que su aplicación ha sido objeto de estudio en decenas de libros e informes sobre psicología social y ciencia política. Las frases reiteradas de Trump sobre la crisis del sistema, las amenazas que se cernían sobre la estabilidad económica de su país, la ridiculización de su rival, la venta de esperanzas de un futuro mejor, la nostalgia por la dignidad y seguridad nacional perdidas, etc., ¿les parecen conocidas?
En este marco, la oposición al gobierno colombiano (y a su candidato) -tan débil como es, ahora, por cuenta de los escándalos de corrupción, las enormes equivocaciones en la ejecución de sus programas y su autodestrucción promovida por cada funcionario que se retira-, tiene una oportunidad de oro para “maquiavelizar” el debate antes de ir a las urnas. Que esos propósitos se activen mediante personajes que cada cuatro años se promueven, a sí mismos, como los mejores estrategas del momento, tampoco es sorprendente; ni mucho menos, que sus financiadores sean los grandes conglomerados, sus empresas asociadas y sus directivos. Desde luego, con una condición: que la conspiración sea tácita, jamás explícita. Mantener las apariencias tampoco ha dejado de ser una constante, no tanto para demostrar su presunto respeto democrático en cuyo sistema se supone que se gana la jefatura de Estado con votos limpios, sino para no correr el riesgo de sufrir las consecuencias, si el vencedor electoral resulta ser la víctima de la manipulación y no el beneficiario/a de la misma.
Entonces, no es hipotético sino totalmente posible que, el sector que enviudó hace cuatro años cuando perdió a su cónyuge de la Casa de Nariño, sea partícipe o promotor de las “paracampañas” de hoy; y que se enorgullezca de haber pasado de defender ideas y posiciones conservadoras admisibles en democracia aunque no sean compartidas por muchos, a adoptar, con furia callada, el extremismo que niega el derecho a la vida del contrario. Por eso, tampoco extraña que haya tenido éxito, en las encuestas, quien esgrime como una de sus virtudes, la máxima que, de manera eufemística, define como la “extrema coherencia” (por no llamarla con su verdadero epíteto), y que, en cambio, critique a la pobre “derecha domesticada”. El futuro de los colombianos no está solo en manos de los candidatos que todavía son leales a las reglas. Está, en gran medida, en la cancha de las campañas que tienen urgente apremio de sepultar su pasado; también, en las garras afiladas de las cadenas de bodegas y anónimos del submundo digital, y en los guantes opacos que se ponen unas fundaciones que sostienen, con su plata, las “paracampañas”. Quien quiera ignorarlo, es libre de hacerlo, claro está. Pero se le notará la cara de bobo.
